Al hilo de si, cuando algo falla en los hijos, se pone el acento, o no se pone el acento, en la madre, recuerdo la frase que me dijo hace poco una mujer psicóloga:
“¡¡Hay que ver! ¡Cuánto hemos machacado los psicólogos a las madres!” , me dijo más o menos.
Es una mujer bastante conservadora respecto a las reivindicaciones femeninas -por decirlo suavemente-. Estábamos hablando de un un tipo bastante extraño, con el que habíamos tenido que lidiar ambas. A mí simplemente me parecía un egocéntrico desconsiderado. Pero ella -profesional, al fin y al cabo- terminó identificándole con el síndrome de no sé qué, una especie de autismo leve con características determinadas. Le interesó mucho, porque hasta entonces no había “tenido la suerte” de verlo en adultos, sino en niños.
Al hilo de eso, me comentó que, hasta hace poco, ese tipo de conductas se achacaba a que las madres habían mimado demasiado a los niños (no sé si se refería también a niñas, supongo que sí , y nótese la necesidad de decir una “a”, pese a los principios de economía de lenguaje). Y que era una práctica relativamente habitual considerar que “algo habrían hecho ellas mal”, para que los hijos estuvieran así. Terminaban provocando en la madre una culpa tremenda y hasta depresiones, porque las pobres se devanaban los sesos buscando en qué habían fallado, o consideraban que los el hijo les había salido así para castigarlas por supuestas maldades por ellas cometidas.
Aunque el comentario me sorprendió por algo más. No sé si estoy equivocada, pero siempre me ha parecido que toda la parafernalia freudiana está más bien basada en la figura del padre. El padre dominante, el padre autoritario, el padre castigador, el padre castrador. Por ejemplo, siempre me ha parecido que el complejo de Edipo, la culpa por el deseo de poseer a la madre –si es que ese complejo existe realmente y no es simplemente una licencia poética- no se debe tanto a la culpa por desear a la madre, al horror del incesto, sino más bien a la culpa por desear a la mujer del padre. Es curioso que el Noveno Mandamiento sea “no desearás a la mujer de tu prójimo”, poniendo más bien el acento es que “es la mujer de otro”, no la tuya. Parece que lo que se pide es el respeto hacia los bienes y derechos de otro hombre. Como si el “Mandamiento” te pidiera que no atropellaras el derecho de un igual, de otro “Her Man”, de otro señor.
A lo que voy: que yo creo que tanto la figura materna como la paterna, y los dos a la vez, reciben sus buenos palos en el inconsciente colectivo. No hay más que ver muchos cuentos tradicionales . No está sólo la madrastra, hay ejemplos de malos padres y madres para todos los gustos: el padre abusador que quiere casarse con la niñita, los males padres que venden a sus hijos, la madre avinagrada, el padre megalómano que deshereda a sus hijos/as si cree que no los quiere, el padre irrazonable que se niega a que la hija se case con fulanito… Hay padres buenos y madres maravillosas. Hay de todo.
Miedo a ser.. Que gran frase, Sarm. No he leído ese libro, pero entra entre mis prioridades leerlo inmediatamente.
