Pues la verdad es que no sé a que vienen todas estas risas
Hace tiempo tuvimos en casa un komisch. Se llamaba Krootza y siempre fue muy cariñosa con todos nosotros. Por desgracia le diagnosticaron una enfermedad terminal siendo ya bastante mayor y tuvimos que sacrificarla.
Como nos pareció muy triste dejarlo en manos de un veterinario, y en compensación a su fidelidad y noble espíritu, decidimos hacerlo en casa. Mi madre se armó de una hacha bien afilada y le cortó de cuajo la cabeza, tal como nos habían dicho que se debía proceder en estos casos. Como es bien sabido, los komisch, como los patos, resisten mucho tiempo incluso después de la decapitación, y así fue como nuestra pobre Krootza salió corriendo dando tumbos por todo el piso, con las manos donde debía estar su cabeza. Mientras mi madre se encargaba de trocear el cráneo los demás buscamos el resto del cuerpo, hasta que mi hermana dio con él; se había escondido debajo de mi cama – ay! tal vez buscando mi protección-, pero se había asido con tanta fuerza a los muelles que tuvimos que cortarle las patitas para arrancarla de allí.
Alguien sugirió entonces que sus restos debían depositarse en bolsas de materia orgánica. Desde luego era lo correcto, pero al ser bolsas de poca capacidad tuvimos que pasar varias horas troceando aquellos miembros en cachitos muy pequeños, lo cual resultó agotador.
Ya de madrugada terminamos el trabajo, aireamos la cocina –es increíble el hedor que desprenden las vísceras de estos animales- y trasladamos las bolsas. Reconozco que no pude evitar unas lágrimas en el momento de cerrar la tapa marrón del contenedor de materia orgánica, sin embargo ahora pienso que tal vez, convertida en abono, haya dado vida a los bonitos jardines de esas casas pareadas con las que me cruzo cuando vuelvo del trabajo a casa.
Así que, a veces, cuando nadie me ve, me acerco a uno de esos cuidados parterres de la urbanización que hay cerca de mi barrio y le susurro: “Krootza, no te olvidamos”.