Cine y Toros
Publicado: Sab 11 Sep, 2004 14:10
Como curiosidad para todos aquellos que aparte de ser amantes del cine también lo son de la mal llamada fiesta nacional, pero ahí esta nos guste o no y es un hecho constatado que desde los inicios de la historia del cine hubo interés en todo lo que envolvía las corridas de toros.
Cine y toros
La primera función cinematográfica celebrada en Madrid tuvo lugar el 15 de mayo de 1896, festividad de san Isidro, una fiesta con un singular sabor taurino. Pocos días después, el operador enviado por los hermanos Lumière a España, rodaba la primera película taurina: Arrivée des toreadors, que, con una longitud de 17 metros, recogía la llegada de los toreros a la plaza. El mismo operador, Albert Promio, rodó más tarde Espagne: courses de taureaux.
De principios del siglo XX, 1906, data el origen del cine documental, que produjo en los años siguientes buenas muestras dedicadas al género taurino. El más importante, con casi 500 metros de metraje, fue La historia del toro de lidia, realizado por Enrique Blanco. La primera película argumental, que podríamos considerar la verdadera raíz del drama taurino fue la hoy definitivamente perdida Tragedia torera, rodada en 1909 por Narciso Cuyás. En 1919, la que fue máxima cancionetista de la época, Raquel Meller (1890-1963), rodó, a las órdenes de Ricardo de Baños, las tres partes de las que constaba Los arlequines de seda y oro (El nido deshecho, La semilla del fenómeno y La voz de la sangre); para la película se filmó expresamente una corrida organizada por la productora en la Plaza de la Real Maestranza de Sevilla, en cuyo cartel figuraban, ni más ni menos, que Rafael Gómez el Gallo (que fiel a sus impredecibles alardes hizo una faena genial a su enemigo), Joselito, Juan Belmonte y Rodolfo Gaona. La misma actriz rodó, en 1927, El Relicario, historia de los amores de un torero y una “muchacha verbenera” —como la califica el historiador cinematográfico Carlos Fernández Cuenca. Como puede apreciarse por el tono de los títulos y por algunos de los mínimos apuntes hechos sobre la trama argumental, las películas dedicadas al planeta de los toros han coincidido —salvo rarísimas y brillantes excepciones— en su preferencia por los motivos más tópicos y las tramas más previsibles: el torero joven o el desencantado por el paso de los años, las mujeres de vida más o menos aventurera y las que no han salido nunca de la paz religiosa del hogar, las penalidades del hambre y las desdichas que resultan de la riqueza obtenida ante las astas del toro.
La tónica general no variará desde los orígenes hasta su verdadera eclosión en la década de 1950 y su desarrollo y casi total decadencia en la década de 1960. Buenos ejemplos de todo lo dicho son dos de los motivos más veces repetidos en la cinematografía española dedicada al tema: Currito de la Cruz y El niño de las monjas —que han conocido cuando menos tres o cuatro versiones sucesivas—, desde 1920 hasta 1960. El primer Currito de la Cruz, una adaptación de la novela homónima de Alejandro Pérez Lujín, dirigida en 1925 por Fernando Delgado, fue la película más cara producida por el cine español hasta entonces. De muy poco después es, basada asimismo en una novela, esta vez de Juan López Núñez, El niño de las monjas. De 1928 es la primera película cómica de ambiente taurino, Charlot español, torero, interpretada por el torero cómico José Martínez, el Chispa, que actuaba en la película vestido a la usanza del mítico actor británico Charlie Chaplin, el creador de Charlot e inmenso cineasta. De ella proviene el nombre de charlotadas que se aplica a las novilladas burlescas. Muchos años después el actor mexicano Mario Moreno Cantinflas, obtendría, también, sonados éxitos con sus caricaturas del mundo taurino.
La aparición del cine sonoro llevó a la repetición, ya anunciada, de los mayores éxitos del cine mudo, así las nuevas versiones de El niño de las monjas en 1935, y entre ese año y febrero de 1936, Currito de la Cruz, que volvería a rodarse en 1948, dirigida por Luis Lucía y con la intervención del diestro Pepín Martín Vázquez y el trabajo tras de la cámara del magnífico fotógrafo, aficionado y también torero, José Fernández Aguayo, por otra parte operador, con Luis Buñuel, de Viridiana.
No vuelven a aparecer los toros en la cinematografía española hasta bastantes años concluida la Guerra Civil española. En Un caballero famoso intervienen dos de los actores más rutilantes de aquel tiempo —y también de los más fieles al nuevo régimen parafascista vencedor de la guerra—, Alfredo Mayo y Amparo Rivelles, dirigidos por José Buchs. En 1955 se rueda una película, tal vez el mejor film taurino que conocemos, ¡Toreo!, interpretada por el torero mexicano Luis Procuna (México, 23 de julio de 1923), y dirigida por un español exiliado, el gallego, Carlos Velo. No fue hasta el año siguiente cuando, de mano de un director foráneo, el húngaro nacionalizado español, Ladislao Vadja, se realizó la primera de las españolas que pueden ser consideradas en verdad grandes películas, con independencia de su anecdotario taurino, Tarde de toros, con guión de Manuel Tamayo, Julio Coll y José Santugini, y la intervención e interpretación de los toreros entonces en activo Domingo Ortega y Antonio Bienvenida. El cartel anunciador de la película fue obra del pintor Daniel Vázquez Díaz.
A principios de la década de 1960 —última época prolífica en este tipo de películas—, Juan Antonio Bardem y Carlos Saura dirigen sendas películas que incluyen aspectos mucho menos tópicos que los habituales en el tratamiento de la sociedad ligada al toro, una mínima contestación posible entre los límites de la censura franquista: A las cinco de la tarde, basada en una pieza teatral de Alfonso Sastre, y Los golfos. También tenía interés Torerillos 61, de Antonio Martín Patino. Mediada la década, Pedro Lazaga, abordó el fenómeno de los toreros tremendistas de la época, Manuel Benítez el Cordobés y Sebastián Palomo Linares, en sendos filmes, Aprendiendo a morir (1962) y Nuevo en esta plaza (1966). El Cordobés ya había interpretado un papel en la película de Rafael Gil Chantaje a un torero (1963) y rodaría años después la adaptación del best seller que le dio fama internacional, O llevarás luto por mí, de Dominique Lapierre y Larry Collins. Entre los pocos títulos que merece la pena recordar de la década de 1970, cuenta El monosabio, dirigida en 1977 por José Luis Borau, con la colaboración en el guión de Pedro Beltrán. Teo Escamilla realizó Tú solo, una película sobre los maletillas y aprendices de toreros protagonizada por Luis Miguel Calvo —de corta trayectoria posterior—, y en la que colaboró entre otros José Miguel Arroyo Joselito.
Entre las grandes figuras cinematográficas internacionales no ha existido nunca una gran pasión taurina, pese a que el folclore o el costumbrismo de determinadas épocas haya llevado a algunos tímidos intentos y nunca logradas realizaciones, sirva de ejemplo las dos versiones de Hollywood sobre la novela de Vicente Blasco Ibáñez, Sangre y arena, en dos películas del mismo título, la primera interpretada por Rodolfo Valentino y la segunda por Tyrone Power. Sin embargo, sí hay al menos tres nombres inmortales que han aportado su sello particular y único al género: Serguéi M. Eisenstein en sus escenas de ¡Viva México!; Abel Gance en su frustrado intento de rodar una película con Manuel Rodríguez Manolete y Orson Welles, que nunca rodó una película taurina, pero que fue a las fiestas de San Fermín de Pamplona un equivalente moderno del escritor Ernest Hemingway.
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