Me ha gustado tu texto, Bizitza.
Me permito colgar otro, que para mí ilumina el modo de pensar del último Pasolini, el de
Lo siento si resulta demasiado largo o quizá se sale un poco del tema; acepto sugerencias para colgarlo en otro lugar más apropiado o quitarlo, aunque me parece que en el caso de Pasolini hablar de su cine sin hablar de sua poética y su ideología es poco menos que tarea absurda.
Abjuración de la Trilogía de la vida
Pier Paolo Pasolini
I. Pienso que, antes, no se debe temer en ningún caso la instrumentalización por parte del poder y de su cultura. Hay que comportarse como si esta peligrosa eventualidad no existiese. Lo que cuenta es ante todo la sinceridad y la necesidad de lo que se debe decir. No debe traicionarse en modo alguno y mucho menos callando diplomáticamente, por principio.
Pero pienso también que, después, hay que saber darse cuenta de cómo se ha sido instrumentalizado, llegado el caso, por el poder integrador. Y entonces si la propia sinceridad o necesidad ha sido sometida y manipulada, pienso que debe tenerse el valor de abjurar sin más de ellas.
Abjuro de la Trilogía de la vida, aunque no me arrepienta de haberla hecho. En efecto, no puedo negar la sinceridad y la necesidad que me empujaron a la representación de los cuerpos y de su símbolo culminante, el sexo.
Tal sinceridad y tal necesidad tienen diversas justificaciones históricas e ideológicas.
Antes que nada se insertan en aquella lucha por la democratización del “derecho de expresión” y por la liberación sexual, que eran dos momentos fundamentales de la tensión progresista de los años cincuenta y sesenta.
En segundo lugar, en la primera fase de la crisis cultural y antropológica empezada hacia el final de los años sesenta —en la que empezaba a triunfar la irrealidad de la subcultura de los mass media y de la comunicación de masas— el último baluarte de la realidad parecían ser los “inocentes” cuerpos con la violencia arcaica, sombría y vital de sus órganos sexuales.
En fin, la representación del eros, visto en un ámbito humano apenas superado por la historia, pero todavía físicamente presente (en Nápoles, en el Medio Oriente) era una cosa que me fascinaba personalmente, como autor y hombre particular.
Ahora todo se ha perdido.
Primero: la lucha progresista por la democratización expresiva y por la liberación sexual ha sido brutalmente superada y banalizada por la decisión del poder consumista de conceder una amplia (así como falsa) tolerancia.
Segundo: también la “realidad” de los cuerpos inocentes he sido violada, manipulada, arruinada por el poder consumista, más aún, esta violencia sobre los cuerpos se ha convertido en el dato más macroscópico de la nueva época humana.
Tercero: las vidas sexuales privadas (como la mía) han sufrido el trauma bien de la falsa tolerancia, bien de la degradación corpórea, y lo que en las fantasías sexuales era dolor y gozo, se ha convertido en suicida desengaño, en informe desidia.
II. Pero a quienes criticaban, disgustados o despectivos, la Trilogía de la vida no se les ocurra pensar que mi abjuración conduce a sus “deberes”.
Mi abjuración conduce a algo distinto. Tengo terror de decirlo, y busco antes de decirlo, como en mi auténtico “deber”, elementos dilatorios. Que son:
a) La intransgredible circunstancia de que, aunque quisiera seguir haciendo películas como las de la Trilogía de la vida, no podría, porque ahora odio los cuerpos y los órganos sexuales. Hablo naturalmente de estos cuerpos, de estos órganos sexuales. Es decir, de los cuerpos de los nuevos jóvenes y muchachos italianos, de los órganos sexuales de los nuevos jóvenes y muchachos italianos. Se me objetará: “Tú, a decir verdad, no representabas en la Trilogía cuerpos y órganos sexuales contemporáneos, sino los del pasado”. Es cierto; pero durante unos años me ha sido posible hacerme ilusiones. El degenerante presente era compensado por la supervivencia objetiva del pasado o, en consecuencia, por la posibilidad de reevocarlo. Pero hoy la degeneración de los cuerpos y de los sexos ha adquirido valor retroactivo. Si quienes entonces eran así y así, han podido convertirse ahora en así y así, quiere decir que lo eran ya potencialmente; por consiguiente, incluso su modo de ser de entonces quedo desvalorizado por el presente. Los jóvenes y los muchachos del sub-proletariado romano —que son los que he proyectado después en la vieja y resistente Nápoles, y después en los países pobres del Tercer Mundo— si ahora son inmundicia humana, quiere decir que también entonces lo eran potencialmente: eran, pues, imbéciles obligados a ser adorables, escuálidos criminales obligados a ser simpáticos malandrines, viles incapaces obligados a ser santamente inocentes, etcétera, etcétera. El hundimiento del presente implica también el hundimiento del pasado. La vida es un montón de insignificantes e irónicos escombros.
b) Mis críticos, doloridos o despectivos, mientras sucedía todo esto, tenían, como decía, que seguir imponiendo cretinos “deberes”: eran “deberes” consistentes en la lucha por el progreso, la mejora, la liberación, la tolerancia, el colectivismo, etc., etc. No se dieron cuenta de que la degeneración ha llegado precisamente a través de una falsificación de sus valores. ¡Y ahora tienen el aire de estar satisfechos!, de parecerles que la sociedad italiana ha mejorado indudablemente, es decir, se ha hecho más democrática, más tolerante, más moderna, etc. No se dan cuenta de la avalancha de delitos que sepulta a Italia: relegan este fenómeno a las gacetillas y le quitan todo valor. No se dan cuenta de que no existe ninguna solución de continuidad entre los que son técnicamente criminales y los que no lo son; y que el modelo de insolencia, de inhumanidad, de crueldad, es idéntico para la masa total de los jóvenes. No se dan cuenta de que en Italia hay propiamente el estado de excepción, de que la noche está desierta y es siniestra como en los siglos más negros del pasado; pero de esto no se enteran, se quedan en casa (quizás para gratificar de modernidad su propia conciencia con la ayuda de la televisión). No se dan cuenta de que la televisión, y quizá peor todavía la escuela obligatoria, han degradado a todos los jóvenes y muchachos en melindrosos, acomplejados y racistas burguesones de segunda clase; pero esto lo consideran como una desagradable coyuntura, que sin duda se resolverá, como si una mutación antropológica fuese reversible. No se dan cuenta de que la liberación sexual, en lugar de proporcionar soltura y felicidad a los jóvenes y muchachos, los ha hecho infelices, taciturnos y, por consiguiente, estúpidamente presuntuosos y agresivos; pero de esto no quieren ocuparse, porque no les importan nada los jóvenes y los muchachos.
c) Fuera de Italia, en los países “desarrollados” —especialmente en Francia— la suerte está echada desde hace tiempo. Hace tiempo que el pueblo antropológicamente no existe ya. Para los burgueses franceses, el pueblo está constituido por los marroquíes y por los griegos, por los portugueses o por los tunecinos. Los cuales, pobrecitos, no pueden hacer otra cosa que asumir lo antes posible el comportamiento de los burgueses franceses. Y esto lo piensan tanto los intelectuales de derecha como los intelectuales de izquierda, de idéntico modo.
III. En fin, es hora de afrontar el problema: ¿A qué me conduce la abjuración de la Trilogía? Me conduce a la adaptación.
Estoy escribiendo estas páginas el 15 de junio de 1975, día de elecciones. Sé que aunque —como es muy probable— se produzca una victoria de la izquierda, uno será el valor nominal del voto y otro su valor real. El primero demostrará una unificación de la Italia modernizada en sentido positivo; el segundo demostrará que Italia —fuera naturalmente de los tradicionales comunistas— es en su conjunto un país despolitizado, un cuerpo muerto cuyos reflejos son sólo mecánicos. Es decir, Italia no vive otra cosa que un proceso de adaptación a su propia degradación, de la que sólo nominalmente trata de liberarse. Tout va bien: no hay en el país masas de jóvenes criminaloides, o neuróticos, o conformistas hasta la locura y la más absoluta intolerancia, las noches son seguras y apacibles, maravillosamente mediterráneas, los raptos, las rapiñas, las ejecuciones capitales, los millones de robos y atentados conciernen a la página de sucesos de los periódicos, etc., etc. Todos se han adaptado a través del no querer darse cuenta de nada o a través de la más inerte desdramatización.
Pero debo admitir que tampoco el haberse dado cuenta o el haber dramatizado preserva completamente de la adaptación o de la aceptación. Por consiguiente, yo me estoy adaptando a la degradación y estoy aceptando lo inaceptable. Actúo para reorganizar mi vida. Estoy olvidando cómo eran antes las cosas. Los amados rostros de ayer empiezan a amarillearse. Está delante de mí —sigiloso, sin más alternativas— el presente. Readapto mi compromiso a una mayor legibilidad (¿Salò?).