Un texto de Woody Allen + otro(s)
- Tragamuvis
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Un texto de Woody Allen + otro(s)
UN TEXTO DE WOODY ALLEN
Para acabar con los libros de recuerdos
Memorias de los años veinte
Llegué por primera vez a Chicago en los años veinte para presenciar un combate de boxeo. Ernest Hemingway estaba conmigo y ambos nos hospedamos en el campo de entrenamiento de Jack Dempsey. Hemingway acababa de terminar dos cuentos sobre boxeo y, si bien Gertrude Stein y yo pensamos que eran bastante potables, creíamos que aún necesitaban cierta elaboración. Le hice unas bromas a Hemingway sobre su novela en preparación y nos reímos mucho y nos divertimos y luego nos calzamos unos guantes de boxeo y me rompió la nariz.
Ese invierno, Alice Toklas, Picasso y yo alquilamos una villa en el sur de Francia. En ese entonces, yo estaba trabajando en lo que me parecía que iba a ser una gran novela americana, pero los caracteres eran demasiado pequeños y no pude terminarla.
Por las tardes, Gertrude Stein y yo salíamos a la caza de antigüedades en las tiendas locales, y recuerdo que, en cierta ocasión, le pregunté si consideraba que yo tenía que hacerme escritor. En la típica manera enigmática, que a todos nos tenía encantados, me contestó: "No". Consideré que me había querido decir sí y, al día siguiente, partí hacia Italia. Italia me recordó mucho Chicago, en especial Venecia, ya que ambas ciudades tienen canales y en las calles abundan las estatuas y las catedrales, producto de los más grandes escultores del Renacimiento.
En ese mes fuimos al taller de Picasso en Arles, que en aquel tiempo se llamaba Rouen o Zürich, hasta que los franceses volvieron a bautizarlo en 1589 bajo el reinado de Luis El Vago. (Luis fue un rey bastardo del siglo XVI que se portó como un cerdo con todo el mundo.) Entonces, Picasso estaba a punto de empezar lo que más tarde se conocería como el "período azul", pero Gertrude Stein y yo tomamos café con él y tuvo que empezarlo diez minutos más tarde. Duró cuatro años y, por tanto, esos diez minutos no significaron gran cosa.
Picasso era un hombre bajo que tenía un modo gracioso de caminar poniendo un pie delante del otro hasta que daba lo que él denominaba "un paso". Nos reímos de sus deliciosas ideas, pero a fines de 1930, con el fascismo en alza, había muy pocas cosas de qué reírse. Tanto Gertrude Stein como yo examinamos con meticulosidad las últimas obras de Picasso, y Gertrude Stein opinó que "el arte, todo el arte, es simplemente la expresión de algo". Picasso no estuvo de acuerdo y dijo: "Déjame en paz. Estoy comiendo". Mi opinión fue que Picasso tenía razón: estaba comiendo.
El taller de Picasso era muy distinto al de Matisse. Mientras el de Picasso era desordenado, en el de Matisse reinaba el más perfecto orden. Bastante curioso, pero precisamente lo inverso era cierto. En septiembre de ese mismo año, a Matisse se le encargó que pintara una alegoría pero, por la enfermedad de su mujer, no pudo pintarla y, en su lugar, se le enganchó papel pintado. Recuerdo todas esas anécdotas porque ocurrieron justo antes del invierno y todos estábamos viviendo en un piso barato en el norte de Suiza, un lugar donde llueve de improviso y luego del mismo modo deja de hacerlo. Juan Gris, el cubista español, había convencido a Alice Toklas a que posara para una naturaleza muerta y, con su típica concepción abstracta de los objetos, empezó a romperle la cara y el cuerpo para llegar a sus básicas formas geométricas hasta que llegó la policía y los separó. Gris era provincianamente español, y Gertrude Stein decía que sólo un español de verdad podía comportarse como él, es decir, hablaba en castellano y a veces iba a visitar a su familia en España. Realmente era algo maravilloso verle y oírle.
Recuerdo una tarde en que estábamos sentados en un alegre bar en el sur de Francia con nuestros pies cómodamente puestos sobre taburetes en el norte de Francia, cuando, de pronto, Gertrude Stein dijo: "Estoy mareada". Picasso pensó que se trataba de algo sumamente gracioso, y yo lo tomé como una señal para largarme a África. Siete semanas después, en Kenia, nos encontramos con Hemingway. Entonces, bronceado y con barba, empezaba ya a madurar ese estilo tan suyo: no se le veía más que los ojos y la boca. Allá, en el continente negro inexplorado, Hemingway había tenido que padecer, los labios partidos más de mil veces.
-¿Qué hay, Ernest? -le pregunté. Se puso a hablar sobre la muerte y las aventuras como sólo él podía hacer, y cuando me desperté, ya había levantado las tiendas y estaba sentado al lado de una gran fogata preparando unos aperitivos cutáneos para todos. Le hice una broma sobre su nueva barba y nos reímos tomando unos tragos de coñac y luego nos calzamos unos guantes de boxeo y me rompió la nariz.
Ese año fui por segunda vez a París a hablar con un compositor europeo, flaco y nervioso, de aguileño perfil y ojos admirablemente rápidos, que algún día llegaría a ser Igor Stravinsky, y luego, más tarde, su mejor amigo. Me hospedé en casa de Sting y Man Ray, donde Salvador Dalí iba a cenar a menudo, y Dalí decidió hacer una exposición individual, cosa que hizo, y resultó un éxito estrepitoso ya que apareció un solo individuo, y fue un invierno alegre y muy francés, de los buenos.
Recuerdo una noche en que Scott Fitzgerald y su mujer regresaron a su casa después de la fiesta de Noche Vieja. Era en abril. Hacía tres meses que no tomaban otra cosa que champagne; una semana antes, vestidos de etiqueta, habían arrojado su coche desde lo alto de un acantilado al océano a raíz de una apuesta. Había algo auténtico en los Fitzgerald: sus valores eran fundamentales. Eran gente tan sencilla que cuando más tarde Grant Wood* les convenció para que posaran para su Gótico americano, recuerdo lo contentos que estaban. Zelda me contó que, mientras posaban, Scott no paró de dejar caer al suelo la horca.
En los años .siguientes creció mi amistad con Scott; la mayoría de nuestros amigos creía que el protagonista de su última novela estaba inspirado en mí y que mi vida estaba inspirada en su anterior novela. Acabé siendo considerado un personaje de ficción.
Scott tenía un grave problema de disciplina y, si bien todos adorábamos a Zelda, pensábamos que ejercía una influencia nefasta en la obra de él, reduciendo su producción de una novela al año a una ocasional receta de mariscos y una serie de comas.
Finalmente, en 1929, fuimos todos juntos a España. Allí, Hemingway nos presentó a Manolete que era tan sensible que parecía una loca. Llevaba ajustados pantalones de torero o, a veces, de ciclista. Manolete era un gran, gran artista. Su gracia era tal que de no haberse convertido en matador de toros, podría haber llegado a ser un contable mundialmente famoso.
Nos divertimos mucho en España aquel año y viajamos y escribimos y Hemingway me llevó a pescar atún y pesqué cuatro latas y nos reímos y Alice Toklas me preguntó si estaba enamorado de Gertrude Stein ya que le había dedicado un libro de poemas aunque eran de T. S. Eliot y dije que sí, que la amaba, pero el asunto nunca podría funcionar porque ella era demasiado inteligente para mí y Alice Toklas estuvo de acuerdo y luego nos calzamos unos guantes de boxeo y Gertrude Stein me rompió la nariz.
*El "pintor del suelo americano", que representaba todo con campesinos en acción. Gótico americano es el célebre cuadro que representa a dos campesinos típicos del Middle West americano, en primer plano y de frente. (N. del T.)
Para acabar con los libros de recuerdos
Memorias de los años veinte
Llegué por primera vez a Chicago en los años veinte para presenciar un combate de boxeo. Ernest Hemingway estaba conmigo y ambos nos hospedamos en el campo de entrenamiento de Jack Dempsey. Hemingway acababa de terminar dos cuentos sobre boxeo y, si bien Gertrude Stein y yo pensamos que eran bastante potables, creíamos que aún necesitaban cierta elaboración. Le hice unas bromas a Hemingway sobre su novela en preparación y nos reímos mucho y nos divertimos y luego nos calzamos unos guantes de boxeo y me rompió la nariz.
Ese invierno, Alice Toklas, Picasso y yo alquilamos una villa en el sur de Francia. En ese entonces, yo estaba trabajando en lo que me parecía que iba a ser una gran novela americana, pero los caracteres eran demasiado pequeños y no pude terminarla.
Por las tardes, Gertrude Stein y yo salíamos a la caza de antigüedades en las tiendas locales, y recuerdo que, en cierta ocasión, le pregunté si consideraba que yo tenía que hacerme escritor. En la típica manera enigmática, que a todos nos tenía encantados, me contestó: "No". Consideré que me había querido decir sí y, al día siguiente, partí hacia Italia. Italia me recordó mucho Chicago, en especial Venecia, ya que ambas ciudades tienen canales y en las calles abundan las estatuas y las catedrales, producto de los más grandes escultores del Renacimiento.
En ese mes fuimos al taller de Picasso en Arles, que en aquel tiempo se llamaba Rouen o Zürich, hasta que los franceses volvieron a bautizarlo en 1589 bajo el reinado de Luis El Vago. (Luis fue un rey bastardo del siglo XVI que se portó como un cerdo con todo el mundo.) Entonces, Picasso estaba a punto de empezar lo que más tarde se conocería como el "período azul", pero Gertrude Stein y yo tomamos café con él y tuvo que empezarlo diez minutos más tarde. Duró cuatro años y, por tanto, esos diez minutos no significaron gran cosa.
Picasso era un hombre bajo que tenía un modo gracioso de caminar poniendo un pie delante del otro hasta que daba lo que él denominaba "un paso". Nos reímos de sus deliciosas ideas, pero a fines de 1930, con el fascismo en alza, había muy pocas cosas de qué reírse. Tanto Gertrude Stein como yo examinamos con meticulosidad las últimas obras de Picasso, y Gertrude Stein opinó que "el arte, todo el arte, es simplemente la expresión de algo". Picasso no estuvo de acuerdo y dijo: "Déjame en paz. Estoy comiendo". Mi opinión fue que Picasso tenía razón: estaba comiendo.
El taller de Picasso era muy distinto al de Matisse. Mientras el de Picasso era desordenado, en el de Matisse reinaba el más perfecto orden. Bastante curioso, pero precisamente lo inverso era cierto. En septiembre de ese mismo año, a Matisse se le encargó que pintara una alegoría pero, por la enfermedad de su mujer, no pudo pintarla y, en su lugar, se le enganchó papel pintado. Recuerdo todas esas anécdotas porque ocurrieron justo antes del invierno y todos estábamos viviendo en un piso barato en el norte de Suiza, un lugar donde llueve de improviso y luego del mismo modo deja de hacerlo. Juan Gris, el cubista español, había convencido a Alice Toklas a que posara para una naturaleza muerta y, con su típica concepción abstracta de los objetos, empezó a romperle la cara y el cuerpo para llegar a sus básicas formas geométricas hasta que llegó la policía y los separó. Gris era provincianamente español, y Gertrude Stein decía que sólo un español de verdad podía comportarse como él, es decir, hablaba en castellano y a veces iba a visitar a su familia en España. Realmente era algo maravilloso verle y oírle.
Recuerdo una tarde en que estábamos sentados en un alegre bar en el sur de Francia con nuestros pies cómodamente puestos sobre taburetes en el norte de Francia, cuando, de pronto, Gertrude Stein dijo: "Estoy mareada". Picasso pensó que se trataba de algo sumamente gracioso, y yo lo tomé como una señal para largarme a África. Siete semanas después, en Kenia, nos encontramos con Hemingway. Entonces, bronceado y con barba, empezaba ya a madurar ese estilo tan suyo: no se le veía más que los ojos y la boca. Allá, en el continente negro inexplorado, Hemingway había tenido que padecer, los labios partidos más de mil veces.
-¿Qué hay, Ernest? -le pregunté. Se puso a hablar sobre la muerte y las aventuras como sólo él podía hacer, y cuando me desperté, ya había levantado las tiendas y estaba sentado al lado de una gran fogata preparando unos aperitivos cutáneos para todos. Le hice una broma sobre su nueva barba y nos reímos tomando unos tragos de coñac y luego nos calzamos unos guantes de boxeo y me rompió la nariz.
Ese año fui por segunda vez a París a hablar con un compositor europeo, flaco y nervioso, de aguileño perfil y ojos admirablemente rápidos, que algún día llegaría a ser Igor Stravinsky, y luego, más tarde, su mejor amigo. Me hospedé en casa de Sting y Man Ray, donde Salvador Dalí iba a cenar a menudo, y Dalí decidió hacer una exposición individual, cosa que hizo, y resultó un éxito estrepitoso ya que apareció un solo individuo, y fue un invierno alegre y muy francés, de los buenos.
Recuerdo una noche en que Scott Fitzgerald y su mujer regresaron a su casa después de la fiesta de Noche Vieja. Era en abril. Hacía tres meses que no tomaban otra cosa que champagne; una semana antes, vestidos de etiqueta, habían arrojado su coche desde lo alto de un acantilado al océano a raíz de una apuesta. Había algo auténtico en los Fitzgerald: sus valores eran fundamentales. Eran gente tan sencilla que cuando más tarde Grant Wood* les convenció para que posaran para su Gótico americano, recuerdo lo contentos que estaban. Zelda me contó que, mientras posaban, Scott no paró de dejar caer al suelo la horca.
En los años .siguientes creció mi amistad con Scott; la mayoría de nuestros amigos creía que el protagonista de su última novela estaba inspirado en mí y que mi vida estaba inspirada en su anterior novela. Acabé siendo considerado un personaje de ficción.
Scott tenía un grave problema de disciplina y, si bien todos adorábamos a Zelda, pensábamos que ejercía una influencia nefasta en la obra de él, reduciendo su producción de una novela al año a una ocasional receta de mariscos y una serie de comas.
Finalmente, en 1929, fuimos todos juntos a España. Allí, Hemingway nos presentó a Manolete que era tan sensible que parecía una loca. Llevaba ajustados pantalones de torero o, a veces, de ciclista. Manolete era un gran, gran artista. Su gracia era tal que de no haberse convertido en matador de toros, podría haber llegado a ser un contable mundialmente famoso.
Nos divertimos mucho en España aquel año y viajamos y escribimos y Hemingway me llevó a pescar atún y pesqué cuatro latas y nos reímos y Alice Toklas me preguntó si estaba enamorado de Gertrude Stein ya que le había dedicado un libro de poemas aunque eran de T. S. Eliot y dije que sí, que la amaba, pero el asunto nunca podría funcionar porque ella era demasiado inteligente para mí y Alice Toklas estuvo de acuerdo y luego nos calzamos unos guantes de boxeo y Gertrude Stein me rompió la nariz.
*El "pintor del suelo americano", que representaba todo con campesinos en acción. Gótico americano es el célebre cuadro que representa a dos campesinos típicos del Middle West americano, en primer plano y de frente. (N. del T.)
Última edición por Tragamuvis el Sab 30 Jun, 2007 10:47, editado 1 vez en total.
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Arriba los pobres de Bolivia
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- Arcadia_Ego
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Esto está sacado de "Cómo acabar con la cultura", editado en ... Tusquest, no Tragamuvis ?
Una pregunta, lo has copiado o lo has escaneado? Lo digo para
A mí la parte que me encanta del libro es la de "Cómo acabar de una vez con el psicoanálisis". Y la parte en la que el psicoanalista demostraba tanta fuerza de voluntad (del s. XIX) que podía consumir puros sin encenderlos.
Una pregunta, lo has copiado o lo has escaneado? Lo digo para
A mí la parte que me encanta del libro es la de "Cómo acabar de una vez con el psicoanálisis". Y la parte en la que el psicoanalista demostraba tanta fuerza de voluntad (del s. XIX) que podía consumir puros sin encenderlos.
Y el castigo también tiene cierto aire de fiesta.
-
zeppogrouxo
- cangurosuperduro
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Re: Un texto de Woody Allen
Tragamuvis escribió:UN TEXTO DE WOODY ALLEN
Para acabar con los libros de recuerdos
Memorias de los años veinte
. (N. del T.)
Oigan, que juraría que esto no es literatura o un texto sino de su stand-up de los años 60. los que entendais ingles seguro que está en el emule. creo que los 'night club years'. y si os gusta el stand up y entendeis ingles aquí teneis una lista:
http://www.otakuboards.com/showthread.php?t=38909
Klumpt mest wit mine Lishtinkt, finally reaching the concalushan that everything- absolutely everything- unwraps, spreads and reveals itself. But that was way back when.
- Tragamuvis
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- Arcadia_Ego
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- Jacob
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Pues hari, mujer, entre las pier.... (psst... pssst.. Jacob...) ..eh... un segundo...hari escribió:que monos!Arcadia_Ego escribió:¿A que te encantan los conejitos, Jacob ?
PD: aaaay, la polisemia xDDD
¿de dónde los has sacado?
(aparte) ¿Qué?.. ¿eh...?... (siseo ininteligible) ¿lo cualo?... uysss....
Decía que de la página esta... http://biboz.net/tuzki/
Gracias, Jacob! es la tipica cosa que me encanta pero luego me guardo bien de añadir a los mensajes...
Por cierto, ¿no os hace una gracia enorme (no sé si era en Cuentos con plumas o algo así) la historia esa sobre las prostitutas cultas, que podían discutir sobre filosofía o alta literatura?
Por cierto, ¿no os hace una gracia enorme (no sé si era en Cuentos con plumas o algo así) la historia esa sobre las prostitutas cultas, que podían discutir sobre filosofía o alta literatura?
Jamás he mezclado absenta y realidad para no empeorar la calidad de la absenta...
- pickpocket
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- Tragamuvis
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SEGUNDO PLATO DE SOPA
Psí, Arcadia_Ego diste en el clavo, el texto pertenece al volumen "como acabar con la cultura"
Aquí va el texto que mencionaste, sin el quote porque me fastidia el fondo blanco:
"Para acabar con el psicoanálisis
Conversaciones con Helmholtz
A continuación presentamos fragmentos de conversaciones ex¬traídas de un libro de próxima publicación: Conversaciones con Helmholtz.
El doctor Helmholtz, que ahora tiene casi noventa años de edad, fue contemporáneo de Freud, un pionero del psicoanálisis y el fundador de la escuela de psicología que lleva su nombre. Quizá su mayor fama se deba a sus investigaciones sobre el comportamiento humano en las que probó que la muerte es una característica congénita.
Helmholtz vive en una residencia de campo en Lausanne, Suiza, con su criado, Hrolf, y su perro danés, Rholf. Pasa la mayor parte del tiempo escribiendo; en este momento, está revisando su autobiografía con el propósito de incluirse en la misma. Estas «conversaciones» fueron mantenidas durante un período de varios meses entre Helmholtz y su estudiante y discípulo, Fears Hoffnung, a quien Helmholtz detesta en grado sumo, pero a quien tolera porque siempre le lleva turrones. Estas conversaciones abarcan varios temas que van desde la psicopatología a la religión, de la que Helmholtz no parece haber podido aún obtener una tarjeta de crédito. «El Maestro», como lo flama Hoffnung, emerge de estas páginas como un ser humano acogedor y perceptivo que sostiene que prescindiría muy a gusto de todos los logros de su vida si sólo pudiera sacarse de encima la erupción cutánea que padece.
* * *
1° de abril: Llegué a la casa de Helmholtz a las once en punto, y la criada me comunicó que el doctor estaba en su dormitorio horadando. En el estado febril en que me encontraba, creí que la criada había dicho que el doctor estaba en su habitación orando. Pero pronto todo se confirmó, y Helmholtz estaba horadando frutos secos. Tenía grandes puñados de frutos secos en cada mano y los apilaba al azar. Cuando le pregunté qué estaba haciendo, me dijo:
—¡Ajj... si todo el mundo horadara frutos secos!
La respuesta me sorprendió, pero pensé que era mejor no insistir. Cuando se acomodó en su sillón de cuero, le pregunté sobre el período heroico del psicoanálisis.
—Cuando conocí a Freud por primera vez, yo ya estaba dedicado al estudio de mis propias teorías. Freud estaba en una panadería. Quiero decir que intentaba comprar schnekens, pero no podía. Freud, como usted sabe, no podía pronunciar la palabra schneken porque le producía una tremenda vergüenza. «Quisiera unos pasteles, de esos», decía señalándolos. El panadero respondía: «¿Quiere decir estos schnekens, Herr Professor?». Cuando eso sucedía, Freud se ponía colorado y se alejaba murmurando: «Hem, no... nada, no tiene importancia». Compré los pasteles sin el menor esfuerzo y se los llevé como regalo a Freud. Nos hicimos buenos amigos. Desde entonces, he pensado que cierta gente se avergüenza de decir ciertas palabras. ¿Hay alguna palabra que le avergüence a usted?
Le expliqué al doctor Helmholtz que no podía decir «langos-tomate» (un tomate relleno de langosta) en un restaurante donde este plato era la especialidad. Helmholtz encontró que esa palabra era lo suficientemente imbécil como para romperle la cara al hombre que la había inventado.
La conversación volvió a Freud, quien parece dominar todos los pensamientos de Helmholtz, aunque los dos hombres se detestaran mutuamente después de una grave discusión sobre el perejil.
—Recuerdo un caso de Freud. Edma S., parálisis histérica de la nariz. Incapaz de imitar a un conejo cuando sus amigos se lo pedían, esto le causaba una gran ansiedad cuando estaba con sus amigos que, a menudo, tenían un comportamiento cruel: «Vamos, Liebchen, enséñanos lo bien que imitas a un conejo». Acto seguido movían las aletas de su nariz con toda libertad y se divertían a costa de ella.
»Freud la llevó a su consultorio para una serie de sesiones de análisis, pero algo funcionó mal, porque, en vez de atraer su atención sobre él, Freud, atrajo su atención sobre el perchero, un inmenso mueble de madera al otro lado de la habitación. Freud se sintió presa del pánico, porque en aquel tiempo al psicoanálisis se le miraba aún con cierto escepticismo; el día en que la muchacha se fue de crucero en compañía del perchero, Freud juró que jamás volvería a practicar su profesión. La verdad es que, durante un tiempo, consideró seriamente la idea de hacerse acróbata de circo hasta que Ferenczi le convenció de que jamás aprendería a hacer el triple salto mortal con soltura.
Me di cuenta de que a Helmholtz le había entrado sueño porque se había deslizado de la silla y estaba en el suelo debajo de la mesa, completamente dormido. Sin querer aprovecharme de su generosidad, me fui de puntillas.
5 de abril: al llegar, encontré a Helmholtz practicando con su violín. (Es un maravilloso violinista aficionado, aunque no puede leer un pentagrama y sólo puede tocar una nota.) Una vez más, Helmholtz evocó algunos problemas de los comienzos del psicoanálisis.
—Todo el mundo quería quedar bien con Freud. Rank sentía celos de Jones. Jones envidiaba a Brill. Brill se sentía tan molesto por la presencia de Adler que le escondió el sombrero color ratón. En cierta ocasión, Freud tenía unos caramelos de miel en el bolsillo y ofreció algunos a Jung. Rank se enfureció. Se me quejó de que Freud favorecía a Jung. Especialmente en la distribución de los caramelos. Yo lo ignoré, porque no sentía especial simpatía por Rank ya que hacía poco tiempo se había referido a mi monografía, De la euforia en los gasterópodos, como «el cénit del razonamiento mongoloide».
»Años más tarde, Rank mencionó el incidente mientras paseábamos en coche por los Alpes. Le recordé la idiotez de su comportamiento en aquel tiempo y él admitió que había actuado bajo el efecto de una gran depresión debido a que su nombre, Otto, se escribía del mismo modo para adelante que para atrás.
Helmholtz me invitó a cenar. Nos sentamos a la gran mesa de roble que, según él, había sido un regalo de Greta Garbo, aunque ella niega haber conocido ni a la mesa ni a Helmholtz. Una típica cena de Helmholtz consistía en una pasa de uva grande, generosas porciones de grasa de cerdo y una lata individual de salmón. Después de la cena, sirvieron hierbabuena, y Helmholtz sacó su colección de mariposas lacadas que le provocaron cierto nerviosismo cuando se negaron a volar.
Más tarde, en la sala, Helmholtz y yo nos relajamos fumando puros. (Helmholtz olvidó encender su puro, pero aspiraba con tanta fuerza que el puro disminuyó igual.) Conversamos sobre algunos de los casos más celebrados del Maestro.
—Tuve a un tal Joachim B. Un hombre de unos cuarenta años que no podía entrar en una habitación donde hubiera un violoncello. Lo más grave era que, una vez en el interior de una habitación con el violoncello, no podía retirarse a menos que se lo pidiera un Rothschild. Además, Joachim B. tartamudeaba. Pero no cuando hablaba. Sólo cuando escribía. Si por ejemplo escribía la palabra «por», en la carta aparecía «p-p-p-p-por». Se le hacían muchas bromas con respecto a este defecto, y una vez intentó suicidarse por asfixia con una crepé. Lo curé con hipnosis y le fue posible llevar una vida normal, saludable, aunque, años más tarde, le entraron ciertas fantasías: por ejemplo, la de encontrarse con un caballo que le aconsejaba estudiar arquitectura.
Helmholtz habló del famoso violador V., quien, en cierta época, aterrorizó a todo Londres:
—Un caso muy extraño de perversión. Tenía regularmente una visión sexual en la que era humillado por un grupo de antropólogos que le obligaban a caminar con las piernas arqueadas, lo que, según confesión, le producía un intenso placer sexual. Recordaba que, cuando niño, había sorprendido al ama de llaves de sus padres, una mujer de dudosa moral, besando un ramo de berros, lo cual le pareció erótico. Cuando era adolescente, fue castigado por haberle barnizado la cabeza a su hermano, aunque su padre, pintor de oficio, se enfadó aún más por el hecho de que no le hubiera pasado una segunda mano.
»V. atacó a su primera mujer cuando tenía dieciocho años y, a continuación, violó a media docena a la semana durante años. Lo más que pude hacer por él fue sustituir sus tendencias agresivas por un hábito; a partir de entonces, cuando encontraba por casualidad a una mujer desprevenida, en vez de atacarla, sacaba de su chaqueta un inmenso pez y se lo mostraba. Si bien esta visión causaba en algunas cierta consternación, las mujeres no eran objeto de ninguna violencia y algunas confesaron que sus vidas habían sido inmensamente enriquecidas por la experiencia.
12 de abril: hoy, Helmholtz no se encontraba muy bien. El día anterior se había perdido en un prado y había resbalado sobre unas peras maduras. Debía guardar cama, pero se incorporó cuando entré y hasta se rió cuando le conté que tenía un grano mal colocado.
Discutimos sobre su teoría de la psicología invertida, algo que se le ocurrió poco tiempo después del fallecimiento de Freud. (El fallecimiento de Freud, según Ernest Jones, fue el incidente que causó la ruptura definitiva entre Helmholtz y Freud; prueba de ello es que en muy contadas ocasiones volvieron a dirigirse la palabra.)
En esa época, Helmholtz había llevado a cabo un experimento que consistía en agitar una campanilla y, en el acto, un equipo de ratones blancos escoltaba a la señora Helmholtz hasta la puerta y la acompañaba hasta la acera. Realizó varios experimentos sobre el comportamiento, y sólo los abandonó cuando un perro, entrenado para salivar en cuanto recibía una señal, se negó a dejarlo entrar en su casa. A Helmholtz se le debe también la ya clásica monografía sobre la Risa histérica del caribú.
—Así es, fundé la Escuela de Psicología Invertida. De forma bastante casual, en realidad. Mi mujer y yo estábamos cómodamente en la cama cuando, de improviso, sentí deseos de beber agua. Demasiado perezoso para levantarme, pedí a la señora Helmholtz que me la trajera. Se negó aduciendo que estaba exhausta por haber recogido garbanzos. Discutimos acerca de quién tenía que ir a buscar el agua. Finalmente, dije: «En realidad, no quiero un vaso de agua. En realidad, un vaso de agua es lo último que quiero en este mundo». De inmediato, mi mujer se levantó de un salto y dijo: «Ah, ¿conque no quieres agua? ¡Qué lástima!». Rápidamente abandonó el dormitorio y me trajo un vaso lleno. Traté de comentar el incidente con Freud en el picnic anual de analistas en Berlín, pero él y Jung formaban equipo en la carrera de sacos y estaba demasiado absorto por las festividades para poder escucharme.
»Pocos años más tarde, encontré la manera de utilizar este principio en el tratamiento de la depresión y pude curar al gran cantante de ópera J. de su morboso terror a terminar sus días metido en una cesta.
18 de abril: llegué y encontré a Helmholtz podando unos arbustos. Habló mucho de la belleza de las flores, a las que ama porque «no se pasan la vida pidiendo dinero prestado».
Hablamos sobre el psicoanálisis contemporáneo, al que Helmholtz considera un mito mantenido con vida por la industria del sofá.
—¡Estos analistas modernos! ¡Cobran fortunas! En mis tiempos, por cinco marcos, el mismo Freud te trataba. Por diez marcos, te trataba y te planchaba incluso los pantalones. Por quince marcos, Freud permitía que tú lo trataras a él y eso incluía una invitación a comer. ¡Treinta dólares la hora! ¡Cincuenta dólares la hora! ¡El Kaiser no ganaba más que doce veinticinco, y porque era el Kaiser! ¡Y tenía que ir a trabajar a pie! ¡Y con lo que dura un tratamiento! ¡Dos años! ¡Cinco años! Si uno de nosotros no podía curar a un paciente en seis meses, le devolvíamos el dinero, lo llevábamos a ver una revista musical y le regalábamos un plato de caoba para frutas o un juego de cuchillos de acero inoxidable. Recuerdo que siempre se podía saber con qué pacientes había fracasado Jung porque les regalaba grandes osos de peluche.
Caminamos por el sendero del jardín, y Helmholtz se puso a hablar sobre otros temas de interés. Era un verdadero torrente de visiones y me las arreglé para anotar algunas.
Sobre la condición humana: «Si el hombre fuera inmortal, ¿te das cuenta lo que sería su cuenta en la carnicería?».
Sobre la religión: «No creo en la vida ultraterrena, aunque por las dudas me llevaré una muda de ropa interior».
Sobre la literatura: «Toda la literatura es una nota a pie de página del Fausto. No tengo ni idea de lo que quiero decir con esto».
Estoy convencido de que Helmholtz es un gran hombre."
Aquí va el texto que mencionaste, sin el quote porque me fastidia el fondo blanco:
"Para acabar con el psicoanálisis
Conversaciones con Helmholtz
A continuación presentamos fragmentos de conversaciones ex¬traídas de un libro de próxima publicación: Conversaciones con Helmholtz.
El doctor Helmholtz, que ahora tiene casi noventa años de edad, fue contemporáneo de Freud, un pionero del psicoanálisis y el fundador de la escuela de psicología que lleva su nombre. Quizá su mayor fama se deba a sus investigaciones sobre el comportamiento humano en las que probó que la muerte es una característica congénita.
Helmholtz vive en una residencia de campo en Lausanne, Suiza, con su criado, Hrolf, y su perro danés, Rholf. Pasa la mayor parte del tiempo escribiendo; en este momento, está revisando su autobiografía con el propósito de incluirse en la misma. Estas «conversaciones» fueron mantenidas durante un período de varios meses entre Helmholtz y su estudiante y discípulo, Fears Hoffnung, a quien Helmholtz detesta en grado sumo, pero a quien tolera porque siempre le lleva turrones. Estas conversaciones abarcan varios temas que van desde la psicopatología a la religión, de la que Helmholtz no parece haber podido aún obtener una tarjeta de crédito. «El Maestro», como lo flama Hoffnung, emerge de estas páginas como un ser humano acogedor y perceptivo que sostiene que prescindiría muy a gusto de todos los logros de su vida si sólo pudiera sacarse de encima la erupción cutánea que padece.
* * *
1° de abril: Llegué a la casa de Helmholtz a las once en punto, y la criada me comunicó que el doctor estaba en su dormitorio horadando. En el estado febril en que me encontraba, creí que la criada había dicho que el doctor estaba en su habitación orando. Pero pronto todo se confirmó, y Helmholtz estaba horadando frutos secos. Tenía grandes puñados de frutos secos en cada mano y los apilaba al azar. Cuando le pregunté qué estaba haciendo, me dijo:
—¡Ajj... si todo el mundo horadara frutos secos!
La respuesta me sorprendió, pero pensé que era mejor no insistir. Cuando se acomodó en su sillón de cuero, le pregunté sobre el período heroico del psicoanálisis.
—Cuando conocí a Freud por primera vez, yo ya estaba dedicado al estudio de mis propias teorías. Freud estaba en una panadería. Quiero decir que intentaba comprar schnekens, pero no podía. Freud, como usted sabe, no podía pronunciar la palabra schneken porque le producía una tremenda vergüenza. «Quisiera unos pasteles, de esos», decía señalándolos. El panadero respondía: «¿Quiere decir estos schnekens, Herr Professor?». Cuando eso sucedía, Freud se ponía colorado y se alejaba murmurando: «Hem, no... nada, no tiene importancia». Compré los pasteles sin el menor esfuerzo y se los llevé como regalo a Freud. Nos hicimos buenos amigos. Desde entonces, he pensado que cierta gente se avergüenza de decir ciertas palabras. ¿Hay alguna palabra que le avergüence a usted?
Le expliqué al doctor Helmholtz que no podía decir «langos-tomate» (un tomate relleno de langosta) en un restaurante donde este plato era la especialidad. Helmholtz encontró que esa palabra era lo suficientemente imbécil como para romperle la cara al hombre que la había inventado.
La conversación volvió a Freud, quien parece dominar todos los pensamientos de Helmholtz, aunque los dos hombres se detestaran mutuamente después de una grave discusión sobre el perejil.
—Recuerdo un caso de Freud. Edma S., parálisis histérica de la nariz. Incapaz de imitar a un conejo cuando sus amigos se lo pedían, esto le causaba una gran ansiedad cuando estaba con sus amigos que, a menudo, tenían un comportamiento cruel: «Vamos, Liebchen, enséñanos lo bien que imitas a un conejo». Acto seguido movían las aletas de su nariz con toda libertad y se divertían a costa de ella.
»Freud la llevó a su consultorio para una serie de sesiones de análisis, pero algo funcionó mal, porque, en vez de atraer su atención sobre él, Freud, atrajo su atención sobre el perchero, un inmenso mueble de madera al otro lado de la habitación. Freud se sintió presa del pánico, porque en aquel tiempo al psicoanálisis se le miraba aún con cierto escepticismo; el día en que la muchacha se fue de crucero en compañía del perchero, Freud juró que jamás volvería a practicar su profesión. La verdad es que, durante un tiempo, consideró seriamente la idea de hacerse acróbata de circo hasta que Ferenczi le convenció de que jamás aprendería a hacer el triple salto mortal con soltura.
Me di cuenta de que a Helmholtz le había entrado sueño porque se había deslizado de la silla y estaba en el suelo debajo de la mesa, completamente dormido. Sin querer aprovecharme de su generosidad, me fui de puntillas.
5 de abril: al llegar, encontré a Helmholtz practicando con su violín. (Es un maravilloso violinista aficionado, aunque no puede leer un pentagrama y sólo puede tocar una nota.) Una vez más, Helmholtz evocó algunos problemas de los comienzos del psicoanálisis.
—Todo el mundo quería quedar bien con Freud. Rank sentía celos de Jones. Jones envidiaba a Brill. Brill se sentía tan molesto por la presencia de Adler que le escondió el sombrero color ratón. En cierta ocasión, Freud tenía unos caramelos de miel en el bolsillo y ofreció algunos a Jung. Rank se enfureció. Se me quejó de que Freud favorecía a Jung. Especialmente en la distribución de los caramelos. Yo lo ignoré, porque no sentía especial simpatía por Rank ya que hacía poco tiempo se había referido a mi monografía, De la euforia en los gasterópodos, como «el cénit del razonamiento mongoloide».
»Años más tarde, Rank mencionó el incidente mientras paseábamos en coche por los Alpes. Le recordé la idiotez de su comportamiento en aquel tiempo y él admitió que había actuado bajo el efecto de una gran depresión debido a que su nombre, Otto, se escribía del mismo modo para adelante que para atrás.
Helmholtz me invitó a cenar. Nos sentamos a la gran mesa de roble que, según él, había sido un regalo de Greta Garbo, aunque ella niega haber conocido ni a la mesa ni a Helmholtz. Una típica cena de Helmholtz consistía en una pasa de uva grande, generosas porciones de grasa de cerdo y una lata individual de salmón. Después de la cena, sirvieron hierbabuena, y Helmholtz sacó su colección de mariposas lacadas que le provocaron cierto nerviosismo cuando se negaron a volar.
Más tarde, en la sala, Helmholtz y yo nos relajamos fumando puros. (Helmholtz olvidó encender su puro, pero aspiraba con tanta fuerza que el puro disminuyó igual.) Conversamos sobre algunos de los casos más celebrados del Maestro.
—Tuve a un tal Joachim B. Un hombre de unos cuarenta años que no podía entrar en una habitación donde hubiera un violoncello. Lo más grave era que, una vez en el interior de una habitación con el violoncello, no podía retirarse a menos que se lo pidiera un Rothschild. Además, Joachim B. tartamudeaba. Pero no cuando hablaba. Sólo cuando escribía. Si por ejemplo escribía la palabra «por», en la carta aparecía «p-p-p-p-por». Se le hacían muchas bromas con respecto a este defecto, y una vez intentó suicidarse por asfixia con una crepé. Lo curé con hipnosis y le fue posible llevar una vida normal, saludable, aunque, años más tarde, le entraron ciertas fantasías: por ejemplo, la de encontrarse con un caballo que le aconsejaba estudiar arquitectura.
Helmholtz habló del famoso violador V., quien, en cierta época, aterrorizó a todo Londres:
—Un caso muy extraño de perversión. Tenía regularmente una visión sexual en la que era humillado por un grupo de antropólogos que le obligaban a caminar con las piernas arqueadas, lo que, según confesión, le producía un intenso placer sexual. Recordaba que, cuando niño, había sorprendido al ama de llaves de sus padres, una mujer de dudosa moral, besando un ramo de berros, lo cual le pareció erótico. Cuando era adolescente, fue castigado por haberle barnizado la cabeza a su hermano, aunque su padre, pintor de oficio, se enfadó aún más por el hecho de que no le hubiera pasado una segunda mano.
»V. atacó a su primera mujer cuando tenía dieciocho años y, a continuación, violó a media docena a la semana durante años. Lo más que pude hacer por él fue sustituir sus tendencias agresivas por un hábito; a partir de entonces, cuando encontraba por casualidad a una mujer desprevenida, en vez de atacarla, sacaba de su chaqueta un inmenso pez y se lo mostraba. Si bien esta visión causaba en algunas cierta consternación, las mujeres no eran objeto de ninguna violencia y algunas confesaron que sus vidas habían sido inmensamente enriquecidas por la experiencia.
12 de abril: hoy, Helmholtz no se encontraba muy bien. El día anterior se había perdido en un prado y había resbalado sobre unas peras maduras. Debía guardar cama, pero se incorporó cuando entré y hasta se rió cuando le conté que tenía un grano mal colocado.
Discutimos sobre su teoría de la psicología invertida, algo que se le ocurrió poco tiempo después del fallecimiento de Freud. (El fallecimiento de Freud, según Ernest Jones, fue el incidente que causó la ruptura definitiva entre Helmholtz y Freud; prueba de ello es que en muy contadas ocasiones volvieron a dirigirse la palabra.)
En esa época, Helmholtz había llevado a cabo un experimento que consistía en agitar una campanilla y, en el acto, un equipo de ratones blancos escoltaba a la señora Helmholtz hasta la puerta y la acompañaba hasta la acera. Realizó varios experimentos sobre el comportamiento, y sólo los abandonó cuando un perro, entrenado para salivar en cuanto recibía una señal, se negó a dejarlo entrar en su casa. A Helmholtz se le debe también la ya clásica monografía sobre la Risa histérica del caribú.
—Así es, fundé la Escuela de Psicología Invertida. De forma bastante casual, en realidad. Mi mujer y yo estábamos cómodamente en la cama cuando, de improviso, sentí deseos de beber agua. Demasiado perezoso para levantarme, pedí a la señora Helmholtz que me la trajera. Se negó aduciendo que estaba exhausta por haber recogido garbanzos. Discutimos acerca de quién tenía que ir a buscar el agua. Finalmente, dije: «En realidad, no quiero un vaso de agua. En realidad, un vaso de agua es lo último que quiero en este mundo». De inmediato, mi mujer se levantó de un salto y dijo: «Ah, ¿conque no quieres agua? ¡Qué lástima!». Rápidamente abandonó el dormitorio y me trajo un vaso lleno. Traté de comentar el incidente con Freud en el picnic anual de analistas en Berlín, pero él y Jung formaban equipo en la carrera de sacos y estaba demasiado absorto por las festividades para poder escucharme.
»Pocos años más tarde, encontré la manera de utilizar este principio en el tratamiento de la depresión y pude curar al gran cantante de ópera J. de su morboso terror a terminar sus días metido en una cesta.
18 de abril: llegué y encontré a Helmholtz podando unos arbustos. Habló mucho de la belleza de las flores, a las que ama porque «no se pasan la vida pidiendo dinero prestado».
Hablamos sobre el psicoanálisis contemporáneo, al que Helmholtz considera un mito mantenido con vida por la industria del sofá.
—¡Estos analistas modernos! ¡Cobran fortunas! En mis tiempos, por cinco marcos, el mismo Freud te trataba. Por diez marcos, te trataba y te planchaba incluso los pantalones. Por quince marcos, Freud permitía que tú lo trataras a él y eso incluía una invitación a comer. ¡Treinta dólares la hora! ¡Cincuenta dólares la hora! ¡El Kaiser no ganaba más que doce veinticinco, y porque era el Kaiser! ¡Y tenía que ir a trabajar a pie! ¡Y con lo que dura un tratamiento! ¡Dos años! ¡Cinco años! Si uno de nosotros no podía curar a un paciente en seis meses, le devolvíamos el dinero, lo llevábamos a ver una revista musical y le regalábamos un plato de caoba para frutas o un juego de cuchillos de acero inoxidable. Recuerdo que siempre se podía saber con qué pacientes había fracasado Jung porque les regalaba grandes osos de peluche.
Caminamos por el sendero del jardín, y Helmholtz se puso a hablar sobre otros temas de interés. Era un verdadero torrente de visiones y me las arreglé para anotar algunas.
Sobre la condición humana: «Si el hombre fuera inmortal, ¿te das cuenta lo que sería su cuenta en la carnicería?».
Sobre la religión: «No creo en la vida ultraterrena, aunque por las dudas me llevaré una muda de ropa interior».
Sobre la literatura: «Toda la literatura es una nota a pie de página del Fausto. No tengo ni idea de lo que quiero decir con esto».
Estoy convencido de que Helmholtz es un gran hombre."
Arriba Evo, no te dejes
Arriba los pobres de Bolivia
Arriba los pobres de Bolivia

