A ver, el lenguaje
no es machista per se, sino que lo que es
machista es el grupo hablante, la sociedad que utiliza el complejo de signos, que es el lenguaje, para comunicarse (por eso las medidas deben ser en todo caso educativas, de defensa y de promoción). No se puede obviar que la
lengua es un mero instrumento, no la causa. Y como no es la causa, entonces toda manipulación provocada no va a eliminar el problema.
Esto es como ir al médico: si duele la cabeza porque están saliendo las muelas del juicio, la solución no es tratar el dolor de cabeza (que es un dolor reflejo), sino tratar las muelas (que son la causa). Ahí residiría la diferencia entre un buen médico y uno malo, porque el primero soluciona el problema y el segundo lo maquilla, permaneciendo el origen del dolor, que tendrá recidiva.
Sobre el
género de los sustantivos, solo hay dos:
masculino (-o y -e) y
femenino (-a). Luego están los sustantivos de género invariable o común y los
epicenos, que son los que el sr. Reverte ha calificado como
neutros; pero vamos, tampoco vamos a ser, precisamente nosotros, más papistas que el Papa. Con un poco de voluntad se entiende.
En cuanto a
cambiar los significados de las palabras (ej. zorro/zorra), no es cosa de que la RAE o quien sea diga mañana que se ha acabado (elimine una acepción), que ahora ya no se puede usar
zorra como insulto a la mujer, porque se seguirá utilizando (la RAE solo consigna lo que se usa).
Saussure lo explicaba de forma clara:
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- Si en relación a la idea que representa, el significante aparece como libremente elegido, en cambio, en relación a la comunidad lingüística que lo emplea, no es libre, es impuesto. La masa social no es consultada y el significante escogido por la lengua no podría ser reemplazado por otro [...]. Se dice a la lengua: «¡Elige!», pero se añade: «Será ese signo y no otro». Un individuo sería incapaz, aunque quisiera, no solamente de modificar algo en la elección ya hecha, sino que la masa misma no puede ejercer su soberanía sobre una sola palabra; está ligada a la lengua tal como es. La lengua, por tanto, no puede ser asimilada a un contrato puro y simple [...].
En cualquier época, y por muy alto que nos remontemos, la lengua aparece siempre como una herencia de la época precedente. El acto por el que, en un momento dado se habrían distribuido los nombres para las cosas, el acto por el que se habría pactado un contrato entre los conceptos y las imágenes acústicas, ese acto podemos concebirlo, pero jamás ha sido comprobado.
De hecho, ninguna sociedad conoce ni ha conocido jamás la lengua de otro modo que como un producto heredado de las generaciones precedentes y que hay que aceptar tal cual [...]. Un estado de lengua dado es siempre un producto de factores históricos, y son esos factores los que explican por qué es inmutable el signo, es decir, por qué resiste a toda substitución arbitraria [...].
¿Se pueden modificar de un momento a otro las leyes existentes y heredadas? [...] Para responder a esta cuestión se podrían hacer valer muchos argumentos y decir, por ejemplo, que las modificaciones de la lengua no están ligadas a la secuencia de las generaciones, que lejos de superponerse unas a otras, como los cajones de un mueble, se interpenetran y contienen, cada una, individuos de todas las edades. Habría que recordar también la suma de esfuerzos que exige el aprendizaje de la lengua materna para concluir en la imposibilidad de un cambio general. Habría que añadir que la reflexión no interviene en la práctica de un idioma; que los sujetos son, en gran medida, inconscientes de las leyes de la lengua; y si no se dan cuenta, ¿cómo podrían modificarla? [...].
Una lengua constituye un sistema. Si (...) es ése el lado por el que no es completamente arbitraria y en el que reina una razón relativa, también es ése el punto en que aparece la incompetencia de la masa para transformarla. Porque ese sistema es un mecanismo complejo; solo se puede captar mediante la reflexión; incluso los mismos que hacen uso cotidiano de él lo ignoran profundamente. Podría concebirse tal cambio solo gracias a la intervención de especialistas, gramáticos, lógicos, etc.; pero la experiencia demuestra que, hasta ahora, injerencias de esta naturaleza no han tenido ningún éxito.
La lengua (...) es, en cada momento, asunto de todo el mundo; difundida en un masa y manejada por ella, es una cosa de la que todos los individuos se sirven durante todo el día [...]; en la lengua todos y cada uno participamos en ella en todo momento, y por eso la lengua sufre sin cesar la influencia de todos. Este hecho capital basta para mostrar la imposibilidad de una revolución [...].
Sin embargo, no basta con decir que la lengua es un producto de las fuerzas sociales para que se vea claramente que no es libre; al recordar que es siempre herencia de una época precedente, hay que añadir que estas fuerzas sociales actúan en función del tiempo. Si la lengua tiene un carácter de fijeza, no es solo porque está unida al peso de la colectividad, lo es también porque está situada en el tiempo. Estos dos hechos son inseparables. En todo momento, la solidaridad con el pasado pone en jaque la libertad de elegir. Decimos hombre y perro porque antes de nosotros se ha dicho hombre y perro.
[De Curso de lingüística general, editorial Akal, págs. 108 y ss]
Sobre la mutabilidad de los significados, os pongo un artículo de
Pérez-Reverte:
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- Hace meses, el Parlamento de Galicia exigió al Gobierno la eliminación en el DRAE de algunas variantes peyorativas, usuales en El Salvador y Costa Rica, de la voz gallego. Cuando la Academia respondió que el diccionario no quita o pone variantes, sino que registra el uso real de las palabras en el habla viva de todos los hispanoparlantes, algunos bobos insignes pusieron el grito en el cielo, cual si la RAE fuese responsable de lo que han determinado el tiempo, el uso y las circunstancias históricas, y todo pudiera cambiarse sin más trámite, borrándolo. Poner tal o cual marca, matizar un empleo peyorativo o desusado, omitirlo en un diccionario resumido o esencial, es posible. Eliminarlo del diccionario general, nunca. Sería como quitar las palabras de Cervantes o Quevedo porque, en el contexto de su época, hablaban mal de moros y judíos. También las palabras tienen su propia vida e historia.
Pero, por más que se explique, seguirá ocurriendo. Esta España ombliguera y absurda, envilecida por el más difícil todavía de la cochina política, olvida que una lengua sólo está sometida a sí misma, al conjunto de quienes la hablan y a las gramáticas, ortografías y diccionarios que, elaborados por lingüistas, lexicógrafos y autoridades, la fijan y registran de modo notarial. En contra de lo que algunos suponen, la RAE no crea ni moderniza, sino que estudia y administra la realidad de nuestra lengua con el magisterio de muchos siglos de autoridades y cultura. Y ojo: no es sólo una Academia, sino veintidós instituciones hermanas en España, América y Filipinas, las que cuidan de que esa lengua siga viva y compartida por la extensa comunidad hispana; donde los españoles, por cierto, sólo representamos la décima parte. Consideren el despropósito de quienes pretenden que la ocurrencia coyuntural de un concejal nacionalista de Sigüenza, de una parlamentaria feminista murciana, de un ministro semianalfabeto o de la federación de taxistas gays y lesbianas de Melilla, por muchos parlamentos o gobiernos que la respalden y eleven a rango de ley, sea recogida en el siguiente diccionario y adoptada en el acto por todos quienes hablan y escriben en español. Que España sea un continuo disparate no significa que quinientos millones de hispanohablantes también estén dispuestos a volverse gilipollas.
Por cierto, ¿por qué minusvaloráis a una persona en función de si os cae bien o mal? Pérez-Reverte interpreta un papel en su columna dominical, por eso es mordaz y, en ocasiones, insolente. Retuerce algunos argumentos para poner salsa a lo que cuenta, porque no es una columna para lingüistas, sino para la gente de a pie. Pero os lo digo en el mismo sentido que se trató en otros hilos sobre los directores de cine. Algunos no querían ver ninguna película rodada por tal o cual director, porque era fascista, o comunista, o lo que le diera la gana. O, igualmente, quien se niegue a escuchar las interpretaciones de Karajan porque coqueteó con el nazismo, porque era un egocéntrico, etc. Como dije entonces, yo sigo disfrutando de las películas de Hitchcock, y también escuchando la 9ª de Beethoven por Karajan...
Por lo que respecta al uso del masculino para referirse a una colectividad (o
uso del masculino en referencia a seres de ambos sexos) es algo que durante siglos, millones de hablantes han decidido. Ahí puede subyacer la manifestación de la sociedad patriarcal, pero en la decisión de economía lingüística, si el grupo dominante hubiera sido femenino se hubiera dado la situación contraria, y habría que aceptarlo. Son cuestiones de ser
políticamente correcto el movilizar ese asunto con los desdoblamientos. Lo que hay que erradicar son las situaciones de desigualdad social (repito, atacando las causas), no convertir la lengua en arma política arrojadiza, como sucedió con la cuestión del valenciano y el catalán.
Como colofón, os enlazo
dos artículos, uno en respuesta del otro. El primero, de
Amparo Rubiales, abogada y profesora de la Universidad de Sevilla y consejera del Consejo Consultivo de Andalucía. La réplica de
Ignacio Bosque, miembro de la Real Academia Española y ponente de su Comisión de Gramática. Cada cual es perito en una materia: zapatero a tus zapatos (no hay doble sentido).
http://www.almendron.com/tribuna/?p=12914
http://www.almendron.com/tribuna/?p=13060
Luchemos por romper la desigualdad social frente a todos los seres humanos (que el género de «seres humanos» sea masculino no significa que se refiera solo a las personas de sexo masculino), pero hagámoslo bien, actuando sobre su origen, no matando al intermediario ni destrozando el instrumento ni condenando al inocente. Por eso dije que la lengua cambiaría de forma espontánea si se eliminaban las conductas discriminatorias, puesto que al no sentirlo así el hablante, no habría significados negativos.
De todas formas, en el caso de los insultos, es ingenuo pensar que no se utilizarían sustantivos relativos a significados peyorativos para ofender a otro. Si no se usaran unos se inventarían otros, y se les daría sentido injuriante.
Un saludo a todos.