LAS MUJERES
Sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada
ni a los grandes trabajos de la inteligencia, ni a los grandes
trabajes materiales. Paga su deuda a la vida, no con la noción,
sino con el sufrimiento, los dolores del parto, los inquietos
cuidados de la infancia; tiene que obedecer al hombre, ser una
compañera pacienzuda que le serene. No está hecha para los
grandes esfuerzos, ni para las penas a los placeres excesivos.
Su vida puede transcurrir más silenciosa, más insignificante y
más dulce que la del hombre, sin ser por naturaleza mejor ni
peor que éste.
Lo que hace a las mujeres particularmente aptas para
cuidarnos y educarnos en la primera infancia, es que ellas
mismas continúan siendo pueriles, fútiles y limitadas de
inteligencia. Permanecen toda su vida niños grandes, una
especie de intermedio entre el niño y el hombre. Si
observamos a una joven loquear todo el día, bailando y
cantando con él, imaginemos lo que con la mejor voluntad del
mundo haría en su lugar un hombre.
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
49
En las jóvenes solteras, la naturaleza parece haber
querido hacer lo que en estilo dramático se llama un efecto
teatral. Duran, te algunos años las engalana con una belleza, -
una gracia y una perfección extraordinaria, a expensar de todo
el resto de su vida, a fin de que durante esos rápidos años de
esplendor puedan apoderarse fuertemente de la imaginación
de un hombre y arrastrarle a cargar legalmente con ellas de
cualquier modo. La pura reflexión y la razón no daban
suficiente garantía para triunfar en esta empresa. Por eso la
naturaleza ha armado a la mujer, como a cual, quiera otra, con
las armas y los instrumentos necesarios para asegurar su
existencia y sólo durante el tiempo preciso, porque en esto la
naturaleza obra con su habitual economía. Así cauro la
hormiga hembra, después de unirse con el macho, pierde las
alas que le serían inútiles y hasta peligrosas para el período de
la incubación, así también la mayoría de las veces, después de
dos o tres partos, la mujer pierde su belleza.
De ahí proviene que las jóvenes casaderas miren general,
mente las ocupaciones domésticas o los deberes de su estado
como cosas accesorias y puras -bagatelas, al paso que
reconocen su verdadera vocación por el amor, las conquistas y
todo lo que con ellas se relaciona, vestir, baile, etc.
Cuanto -más noble y acabada es una cosa, más lento y
tardo desarrolla tienen. La razón y la inteligencia del hombre
no llega a su auge hasta la edad de veintiocho años; por el
contrario, en la mujer la madurez de espíritu llega a la de
dieciocho.
Por eso tiene siempre un juicio de dieciocho años, medio
muy estrictamente. Y por eso las mujeres son toda su vida
verdaderos niños.
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
50
No ven más que lo que tienen delante de los ojos, se fijan
solo en lo presente, toman las apariencias por la realidad y
prefieren las fruslerías a las cosas más importantes. Lo que
distingue al hombre del animal es la razón. Confinado en el
presente, se vuelve hacia el pasado y sueña con el porvenir; de
aquí su procedencia, sus cuidados, sus frecuentes aprensiones.
La débil razón de la mujer no participa de esas ventajas ni
de esos inconvenientes. Padece miopía intelectual que, por
una especie de intuición, la permite ver de un modo penetrante
las cosas próximas; pero su horizonte es muy pequeño y se le
escapan las cosas lejanas. De ahí viene el que todo cuanto no
es inmediato, o sea lo pasado y lo venidero, obre más
débilmente sobre la mujer que sobre nosotros. De ahí también
esa frecuente inclinación a la prodigalidad, que a veces
confina con la demencia.
En el fondo de su corazón, las mujeres se imaginan que
los hombres han venido al mundo para ganar dinero y las
mujeres para gastarlo Si se ven impedidas de hacerlo mientras
vive su marido, se desquitan después de muerto éste. Y lo que
contribuye a confirmarlas en esta convicción, es que el marido
les da el dinero y les encarga de los gastos de la casa.
Tantas partes defectuosas se compensan, sin embargo,
con un mérito. La mujer más absorta por el momento presente,
goza más de él que nosotros. De ahí esa jovialidad que les es
propia y las hace ser capaces de distraer y a veces consolar al
hombre abrumado de preocupaciones y penas.
En las circunstancias difíciles no hay que desdeñar la
costumbre de recurrir, como en otros tiempos los germanos, al
consejo de las mujeres; porque tienen una manera de concebir
las cosas enteramente diferente de la nuestra. Van derechas al
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
51
fin por camino más corto; porque, en general, sus miradas se
detienen en lo que está a su mano. Por el contrario, nuestra
mirada pasa sin fijarse por encima de las cosas que se nos
meten por los ojos, y buscan mucho más allá. Necesitamos
que se nos traiga a una manera de ver más sencilla y más
rápida. Añádase a eso que las mujeres tienen positivamente un
juicio más aplomado y no ven en las cosas nada más que lo
que hay en ellas en realidad: al paso que nosotros, por influjo
de nuestras pasiones excitadas, amplificamos los objetos y nos
fingimos quimeras.
Las mismas aptitudes nativas explican la conmiseración,
la humanidad, la simpatía que las mujeres manifiestan por los
desgraciados. Pero son inferiores a los hombres en todo lo que
atañe a la equidad; a la rectitud y a la probidad escrupulosa. A
causa de lo débil de su razón, todo lo que es de presente,
visible e inmediato, ejerce en ellas un imperio contra el cual
no pueden prevalecer las abstracciones, las máximas
establecidas, las resoluciones enérgicas, ni ninguna
consideración de lo pasado a lo venidero, de lo lejano a lo
ausente. Tienen las primeras y principales cualidades de la
virtud, pero les faltan las secundarias y accesorias... Por eso la
injusticia es el defecto capital de las naturalezas femeninas.
Eso proviene de sus escasos buen sentido y reflexión que
hemos señalado; Y lo que agrava aún más este defecto, es que
el negarles fuerza la naturaleza, les ha dado como patrimonio
la astucia, para proteger su debilidad; y de ahí su falacia
habitual y su invencible tendencia al embuste. En león tiene
dientes y garras, el elefante y el jabalí colmillos de defensa,
cuernos el toro, la sepia tiene su tinte con que enturbiar el
agua en torno suyo; la naturaleza no ha dado a la mujer más
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
52
que el disimulo para defender y protegerse. Esta facultad suple
a la fuerza que el hombre toma del vigor de sus miembros y de
su razón.
El disimulo es innato en la mujer, lo mismo en la más
aguda que en la más torpe. Es en ella tan natural su uso en
todas ocasiones, como en un animal atacado el defenderse al
punto con sus armas naturales. Obrando así, tiene hasta cierto
punto conciencia de sus derechos, lo cual hace que sea casi
imposible encontrar una mujer absolutamente verídica y
sincera.
Por eso precisamente es por lo que con tanta facilidad
compren, de el disimulo ajeno, y por lo que no es fácil usarlo
con ella.
De este defecto fundamental y de sus consecuencias
nacen la falsía, la infidelidad, la traición, la ingratitud, etc. Las
mujeres perjuran ante los tribunales con mucha más
frecuencia que los hombres, y sería cuestión de saber si debe
admitírselas a prestar juramento. Ocurre de vez en cuando que
señoras a quienes nada les falta son sorprendidas en los
almacenes en flagrante delito de robo.
Los hombres jóvenes, hermosos, robustos, están
destinados por la naturaleza a propagar la especie humana, a
fin de que ésta no degenere. Tal es la firme voluntad que la
naturaleza expresa por medio de las pasiones de las mujeres.
Con seguridad, ésta es la más antigua y poderosa de todas las
leyes. ¡Pobres, pues, de los intereses y derechos que se le
pongan por obstáculos! Cuando llegue el momento, suceda lo
que quiera, serán hollados sin misericordia.
La moral secreta, inconfesa y hasta inconsciente pero
innata de las mujeres, consiste en estor "Tenemos fundado
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
53
derecho a engañar a quienes se imaginan que, proveyendo
económicamente a nuestra subsistencia, pueden confiscar en
provecho suyo los derechos de la especie. A nosotras es a
quienes se nos han confiado; en nosotras descansa la
constitución y la salud de la especie, la creación de la
generación futura; a nosotras nos incumbe trabajar para ello
con toda conciencia".
Pero las mujeres no se interesan de ningún modo in
abstracto por ese principio superior; solamente lo comprenden
in concreto, y cuando se presenta ocasión no tienen más
manera de expresarlo que su manera de obrar. En este punto
su conciencia las deja mucha más tranquilas de lo que se
pudiera creer, porque en el fondo más oscuro de su corazón
sienten vagamente que al hacer traición a sus deberes para con
el individuo, los llenan tanto mejor para con la especie, que
tienen derecho infinitamente superiores.
Como las mujeres únicamente han sido creadas para la
propagación de la especie, y toda su vocación se concentra en
ese punto, viven más para la especie que para los individuos, y
toman más a pecho los intereses de la especie que los intereses
de los in, dividuos. Esto es lo que da a todo su ser y a su
conducta cierta ligereza y mires opuestas a las del hombre. Tal
es el origen de esa desunión tan frecuente en el matrimonio,
que ha llegado a ser casi normal.
Los hombres son naturalmente indiferentes entre si; las
mujeres son enemigas por naturaleza. Esto debe depender de
que el odium fiuiinum, la rivalidad, que está restringida entre
los hombres a los de cada oficio, abarca en las mujeres a toda
la especie, porque todas ellas no tienen más que un mismo
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
54
oficio y un mismo negocio. Basta que se encuentren en la
calle para que crucen miradas de guelfos y gobelinos.
Salta a los ojos que en la primera entrevista de dos
mujeres hay más contención, disimulo y reserva, que en una
primera entrevista entre hombres.
Adviértase, además, que, en general, el hombre habla con
algunas atenciones y cierta humanidad a sus subordinados,
hasta a los más ínfimos; pero es insoportable ver con qué
altanería se dirige una mujer de sociedad a una mujer de clase
inferior, cuando no está a su servicio. Quizá dependa esto de
que entre mujeres son infinitamente más grandes las
diferencias de alcurnia que entre los hombres, y esas
diferencias pueden con facilidad modificarse o suprimirse.
La posición social que ocupa un hombre depende de mil
consideraciones; para las mujeres, una sola circunstancia
decide su posición: el hombre a quien ha sabido agradar. Su
única función las pone bajo un pie de igualdad mucho más
marcado, y por eso tratan de crear ellas entre si diferencias de
categorías.
Preciso ha sido que el entendimiento del hombre se
obscureciese por el amor para llamar bello a ese sexo de corta
estatura, estrechos hombros, anchas caderas y piernas cortas.
Toda su belleza reside en el instinto del amor que nos empuja
a ellas. En vez de llamarle bello, hubiera sido más justo
llamarle inestético.
Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteligencia de
la música, así como tampoco de la poesía y las artes plásticas.
En ellas todo es pura imitación, puro pretexto, pura afectación
explotada por su deseo de agradar. Son incapaces de tomar
parte con desinterés en nada, sea lo que fuere, y he aquí la
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
55
razón. El hombre se esfuerza en todo por dominar
directamente, ya por la inteligencia, ya por la fuerza; la mujer,
por el contrario, siempre y en todas partes está reducida a una
dominación en absoluto indirecta; es decir, sobre él ejerce una
influencia inmediata. Por consiguiente, la naturaleza lleva a
las mujeres a buscar en todas las cosas un medio de conquistar
al hombre, y el interés que parecen tomarse por las cosas
exteriores siempre es un fingimiento, un rodeo, es decir, pura
coquetería y pura monada. Rousseau lo ha dicho: "Las
mujeres, en general, no aman ningún arte, no son inteligentes
en ninguno, y no tienen ningún genio. Basta observar, por
ejemplo, lo que ocupa y atrae su atención en un concierto, en
la ópera o en la comedia; advertir el descaro con que
continúan su cháchara en los lugares más hermosos de las más
grandes obras maestras. Si es cierto que los griegos no
admitían a las mujeres en los espectáculos, tuvieron mucha
razón; a lo menos, en sus teatros se podría oír alguna cesa".
En nuestro tiempo, al mulie taceat in ecclesia convendría
añadir un taceat mullier in theatro, o bien sustituir un precepto
por otro, y colgar éste, en grandes caracteres, sobre el telón
del escenario.
Pero, ¿qué puede esperarse de las mujeres, si se reflexiona
que en el mundo entero no ha podido producir este sexo un
solo ingenio verdaderamente grande, ni una sola completa y
original en las bellas artes, ni un solo trabajo de valor
duradero, sea en lo que fuere? Esto es muy notable en la
pintura. Son tan aptas como -nos, otros para aprender la parte
técnica y cultivan con asiduidad este arte, sin poder gloriarse
de una sola obra maestra, precisamente porque les falta
aquella objetividad del espíritu que es necesaria, sobre todo
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
56
para la pintura. No pueden salir de si mismas. Por eso las
mujeres vulgares ni siquiera son capaces de sentir sus
bellezas, porque natura non facit sutus. En su célebre obra
Examen de ingenios para las ciencias -que tiene más de
trescientos años de fecha- rehúsa Huarte a las mujeres toda
capacidad superior.
Excepciones aisladas y parciales no cambian las cosas en
nada: tomadas en conjunto, las mujeres son y serán las
nulidades más cabales e incurables.
Gracias a nuestra organización social absurda en el
mayor grado, que las hace participar del título y la situación
del hombre, por elevados que sean, excitan con
encarnizamiento las menos nobles ambiciones de éste; y por
una consecuencia natural de este absurdo, su dominio y el
tono que imponen ellas corrompen la sociedad moderna.
Debiera tomarse como norma esta sentencia de Napoleón
Iº "Las mujeres no tienen categoría".
Chamfort dice también con mucha exactitud: "Están
hechas para comerciar con nuestras debilidades y con nuestra
locura, pero no con nuestra razón. Existen entre ellas y los
hombres simpatías de epidermis y muy pocas simpatías de
espíritu, de alma y de carácter".
Las mujeres son el sexus sequior, el sexo segundo desde
todos los puntos de vista, hecho para estar a un lado y en
segundo termino. Cierto que se deben tener consideraciones a
su debilidad; pero es ridículo rendirles pleito-homenaje, y eso
mismo nos degrada a sus ojos. La naturaleza, al separar la
especie humana en dos categorías, no ha hecho iguales las
partes.
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
57
Esto es lo que han pensado en todo tiempo los antiguos y
los pueblos de Oriente, que se daban mejor cuenta del papel
que conviene a las mujeres que nosotros con nuestra galantería
a la antigua moda francesa y nuestra estúpida veneración, que
es el despliegue más completo de la necedad germanocristiana.
Esto no ha servido más que para hacerlas tan
arrogantes y tan impertinentes. A veces me hacen pensar en
los monos sagrados de Benarés, los cuales tienen tal
conciencia de su dignidad sacrosanta y de su inviolabilidad,
que todo se lo creen permitido.
La mujer en Occidente, lo que se llama la señora, se
encuentra en una posición enteramente falsa. Porque la mujer,
el sexus sequior de los antiguos, no está en manera ninguna
formada para inspirar veneración y recibir homenajes, ni para
llevar la cabeza más alta que el hombre, ni para tener iguales
derechos que éste.
Las consecuencias de esta falsa posición son harto
evidentes. Sería de desear que en Europa se volviese a su
puesto natural a ese número dos de la especie, humana y que
se suprimiera la señora, objeto de mofa para el Asia entera, y
de la cual también se hubieran burlado Roma y Grecia.
Desde el punto de vista político y social, esta reforma
sería un verdadero beneficio. El principio de 1a ley sálica es
tan evidente, tan indiscutible, que parece inútil formularlo. Lo
que se llama propiamente la dama europea es una especie de
ser que no debiera existir. No debería haber en el mundo más
que mujeres de interior, aplicadas a los quehaceres
domésticos, y jóvenes solteras aspirantes a ser lo que aquéllas,
que se formasen, no en la arrogancia, sino en el trabajo y en la
sumisión.
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
58
Precisamente porque hay damas en Europa es por lo que
las mujeres de la clase inferior, es decir, la gran mayoría, son
infinitamente más dignas de lástima que en el Oriente.
Lord Byron, dice así: "Meditado en la situación de las
mujeres bajo los antiguos griegos y es bastante conveniente.
Es estado actual, resto de la barbarie feudal de la Edad Media,
es artificial y contrario a la naturaleza. Las mujeres debieran
ocuparse en los quehaceres de su casa; se las debería alimentar
y vestir bien, pero no mezclarlas en la sociedad. También
deberían estar instruidas en la religión; pero ignorar las
poesías y la política; no leer más que libros devotos y de
cocina. Música, dibujo, baile, y también un poco de jardineo y
labores del campo de tiempo en tiempo. Las he visto en Epiro
trabajar con fruto en el arreglo de los caminos. ¿Y por qué no?
¿No barren las hojas secas y extienden el heno para que se
seque? ¿No son lecheras?
Las leyes que rigen al matrimonio en Europa suponen a la
mujer igual al hombre, y así tienen un punto de partida falso.
En nuestro hemisferio monógamo, casarse es perder la
mitad de sus derechos y duplicar sus deberes. En todo caso;
puesto que las leyes han concedido a las mujeres los mismos
derechos que a los hombres, hubieran debido también
conferirles una razón viril.
Cuántos más derechos y honores superiores a su mérito
confieren las leyes a las mujeres, más restringen el número de
las que en realidad participan de esos favores; y quitan a las
demás sus derechos naturales en la misma proporción que a
unas cuantas privilegiadas se los han dado excepcionales.
La ventaja que la monogamia o las leyes resultantes de
ella conceden a la mujer, proclamándola igual al hombre
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
59
produce la consecuencia de que los hombres sensatos y
prudentes vacilan a menudo en dejarse arrastrar a un sacrificio
tan grande, a un pacto tan desigual.
En los pueblos polígamos cada mujer encuentra alguien
que cargue con ella; entre nosotros por el contrario, es muy
restringido el número de las mujeres casadas y hay infinito
número de mujeres que permanecen sin protección, solteronas
que vegetan tristemente en las clases altas de la sociedad,
pobres criaturas sometidas a rudos y penosos trabajos en las
filas inferiores. O bien, sé truecan en miserables prostitutas,
que arrastran uña vida vergonzosa y se ven conducidas por la
fuerza de las circunstancias a formar una especie de clase
pública y reconocida, cuyo fin especial es el de preservar de
los riesgos de seducción a las felices mujeres que han pescado
marido o que pueden esperarlo. Solo en la ciudad de Londres
hay ochenta mil mujeres públicas, verdaderas víctimas de la
monogamia, cruelmente- inmoladas en el altar del
matrimonio. Todas esas infelices son la comprensión
inevitable de la dama europea, con su arrogancia y sus
pretensiones. Por eso la poligamia es un verdadero beneficio
para las mujeres, consideradas en conjunto.
Además, desde el punto de vista racional, no se ve
por qué cuando una mujer sufre algún mal crónico, o no tiene
hijos, o se ha hecho vieja, no había de tomar su marido otra
más. Lo que dio prestigio a los mormones, fue precisamente la
supresión de esta monstruosa monogamia.
Al conceder a la mujer derechos superiores a su
naturaleza, se le han impuesto deberes también por encima de
su naturaleza. De ahí demanda para ella una fuente de
desdichas. En efecto, esas exigencias de clase y de fortuna son
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
60
tan pesadas, que el hombre que se casa comete una
imprudencia si no hace un casamiento brillante Si desea
encontrar una mujer que le guste por completo, la buscará
fuera del matrimonio, y se limitará a asegurar la suerte de su
querida y la de sus hijos.
Si la mujer cede sin exigir en rigor los derechos
exagerados que solo el matrimonio le concede, entonces
pierde el honor, por, que el matrimonio es la base de la
sociedad civil, y se prepara una triste vida, porque está en la
naturaleza de los hombres el preocuparse desmedidamente de
la opinión de los demás. Si, por el contrario, la mujer resiste,
corre el riesgo de apencar con un marido que le desagrade o el
de secarse en su sitio quedándose para vestir santos.
Desde este punto de vista de la monogamia conviene leer
el profundo y sabio tratado de Thomasius De Corcubinatu. En
él se ve que en todos los pueblos civilizados de todos los
tiempos, hasta la Reforma, el concubinato ha sido una
institución admitida, hasta cierto punto legalmente reconocida,
y de ningún modo deshonrosa. La reforma luterana fue quien
la hizo descender de su categoría, porque encontró en ella una
justificación para el matrimonio de los clérigos y la Iglesia
católica no pudo quedarse atrás en este punto.
Es inútil disputar acerca de la poligamia, puesto que de
hecho existe en todas partes y solo se trata de organizarla.
¿Dónde se encuentran verdaderos monógamos? Todos, a
lo menos durante algún tiempo, y la mayoría casi siempre,
vivimos en la poligamia.
Si todo hombre tiene necesidad de varias mujeres, justo
es que sea libre y hasta que se le obligue a cargar con varias
mujeres. Estas quedarán de ese modo reducidas a su verdadero
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
61
papel, que es el de un ser subordinado; y verá desaparecer de
este mundo la dama, ese monstruo de la civilización europea y
de la estolidez germano-cristiana, con sus ridículas
pretensiones al respeto y al honor. ¡No más señoras, pero
también no más esas infelices mujeres que llenan al presente
la Europa!...
Es evidente que por naturaleza la mujer está destinada a
obedecer. Y prueba de ello que la que está colocada en ese
estado de independencia absoluta, contrario a su naturaleza, se
enreda en seguida, no importa con qué hombre, por quien se
deja dirigir y dominar, porque necesita un amo. Si es joven,
toma un amante; si es vieja, un confesor.
El matrimonio es una celada que nos tiende la
naturaleza.
El honor de las mujeres, lo mismo que el honor de los
hombres, es un "espíritu de cuerpo" bien entendido. En la vida
de las mujeres las relaciones sexuales son el gran negocio. El
honor consiste para una joven soltera en la confianza que
inspire su inocencia, y para una mujer casada en la fidelidad
que tenga a su marido.
Las mujeres esperan y exigen de los hombres todo lo que
ellas necesitan y apetecen. El hombre, en el fondo, no exige de
la mujer más que una sola cosa.
Así, pues las mujeres tienen que amañárselas de tal modo
que los hombres no pueden obtener de ellas esa cosa única
sino a cambio de encargarse de ellas y de los hijos futuros. De
la maña que se den depende la felicidad de todas las mujeres.
Para obtenerlas, es preciso que se sostengan entre si y den
pruebas de espíritu de cuerpo.
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
62
Por eso marchan como una sola mujer, en apretadas filas
al encuentro del ejército de los hombres, quienes, gracias al
predominio físico e intelectual, poseen todos los bienes
terrenales. El hombre: he ahí el enemigo común que se trata
de vencer y conquistar, a fin de llegar con esta victoria a
poseer los bienes de la tierra.
La primera máxima del honor femenino ha sido, pues,
que es preciso rehusar sin misericordia al hombre todo
comercio ilegítimo, a fin de obligarle al matrimonio como una
especie de capitulación, único medio de proveer a toda la
gente femenina.
Para conseguir ese resultado, debe respetarse con todo
rigor la precedente máxima. Todas las mujeres, con verdadero
espíritu corporativo, velan por su ejecución.
Una joven soltera que ha caído, se ha hecho culpable de
traición hacia todo su sexo; porque si ese acto se generaliza,
quedaría comprometido el interés común. La expulsan de la
comunidad, se la cubre de vergüenza, y de ese modo se entera
de que ha perdido su honor. Toda mujer debe huir de ella
como de una apestada.
La misma suerte espera a la mujer adúltera, porque ha
faltado por el marido. Su ejemplo es de tal naturaleza, que
retraería a los hombres de firmar semejante tratado, y de éste
depende la salud de todas las mujeres.
Aparte de este honor particular de su sexo, la mujer
adúltera pierde también su honor civil, porque su acto es un
engaño, una grosera falta a la fe jurada. Puede decirse con
alguna indulgencia "una joven soltera seducida"; no se dice
"una casada seducida".
El amor, las mujeres y la muerte
Arturo Schopenhauer
63
El seductor puede devolver el honor a la primera con el
matrimonio; no puede devolvérselo a la segunda, ni aún
después del divorcio.
Viendo con claridad las cosas, reconoce, pues que el
principio del honor de las mujeres es un espíritu de cuerpo
útil, indispensable, pero bien calculado y fundado en el
interés. No puede negarse su extremada importancia en el
destino de la mujer; pero no puede atribuírsele un valor
absoluto más allá de la vida y de los fines de la vida, y que
merezca que se le sacrifique en holocausto la vida misma...
Lo que prueba de una manera general que el honor de las
mujeres no tiene un origen verdaderamente conforme con la
naturaleza es el número de sangrientas víctimas que se le
ofrecen, infanticidios, suicidios de madres. Si una joven
soltera que toma un amante comete una verdadera traición
hacia su sexo, no olvidemos que el pacto femenino podrá
haber sido aceptado tácitamente, pero sin compromiso formal
por parte de ella. Y como en la mayoría de los casos ella es la
primera víctima, su locura es infinitamente más grande que su
perversidad..