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Alonso_Quijano
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Mensaje por Alonso_Quijano » Sab 05 Nov, 2005 21:30

La República Jacobina: El terror

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Los montañeses, con el apoyo de los sans-culottes habían triunfado sobre los girondinos, dando lugar a la nueva Convención, controlada por la Montaña (2 junio 1893 hasta 27 julio 1794). Sin los girondinos en la Asamblea, los montañeses, apoyados en gran parte por La Llanura, practicaron una política de acercamiento a aquella parte del pueblo más radicalizada, que estaba representada por los sans-culottes, a los que, al fin y al cabo, debían su triunfo. Sin embargo, no dejaba de existir una fuerte oposición, formada no solamente por los girondinos, sino por los realistas que seguían luchando a favor de la Monarquía

Las primeras medidas iban dirigidas a satisfacer las reivindicaciones principales de los campesinos; y, además, se dictó la ley que terminó de abolir el feudalismo, mediante la destrucción de las escrituras de los títulos de propiedad. Y, como cima del proceso, se elaboró una nueva Constitución, la Constitución francesa de 24 de junio de 1793 (proclamada el 10 de agosto del mismo año, día del aniversariod e la caída de la Monarquía), que suponía un avance respecto a la Constitución monárquica de 1791. La nueva Constitución contenía dos partes nítidamente diferenciadas: una Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano (creada el 23 de junio de 1793), entre los que se reconocían los derechos de igualdad, seguridad, libertad, propiedad, la ley como expresión de la voluntad general, igual acceso a los cargo públicos, libertad de expresión, principio de legalidad, etc.; y una segunda parte, bajo el nombre de «acta constitucional», en que se exponían los caracteres orgánicos y de funcionamiento (la República como una e indivisible, la soberanía del pueblo, las asambleas primarias, el cuerpo legislativo, el consejo ejecutivo, la justicia civil, etc.). Sin embargo, esta constitución no entró en vigor, quedando aplazada «hasta que se alcance la paz».

Los proletarios exigían resultados tangibles; y así, el primer desafío popular se produjo cuando una delegación de la Comuna acudió a la Convención: Jacques Roux, que formaba parte de la misma, criticó severamente el propósito de los diputados de preservar la unidad nacional mediante una política de compromiso y moderación. Al día siguiente se produjo una revuelta popular en los mercados parisinos contra la subida de precios de artículos de primera necesidad, lo cual convenció a los diputados de la imposibilidad de controlar a los sans-culottes mientras Roux estuviera en libertad, con sus seguidores, los «enragés». Uno de los periódicos más «populares» del momento era L’ami du peuple, dirigido por Marat; y fue él mismo quien publicó un artículo atacando violentamente a Roux. Robespierre denunció a Roux como «enemigo» y logró que la Convención ordenara una investigación sobre sus actividades (Roux acabó suicidándose en la cárcel algún tiempo después).

Los girondinos habían caído del poder. Esto motivó una nueva guerra civil, provocada por la rebelión federalista de las provincias contra el centralismo de París, que se organizó creando comités y tribunales de excepción para juzgar a los jacobinos, cerraron sus clubs e intentaron atraerse a las tropas (tal rebelión federalista quedó implantada en Lyon, Marsella, Burdeos y Tolón). Fue en este contexto cuando Charlotte Corday, una joven realista (que era contrarrevolucionario), asesinó a Marat, lo que provocó una gran conmoción, y agitó aún más a los jacobinos y a los sans-culottes. Los jacobinos, apoyados en la fuerza de los sans-culottes, los acontecimientos de la guerra exterior, la violencia interna y el asesinato de Marat, fueron las guías que condujeron a la Convención a otorgar poderes especiales a los «Comités», como el Comité de Salvación Pública, dirigido por Robespierre (e integrado por algunos hebertistas), que en la práctica gobernaron Francia de forma dictatorial. Con esto llega la etapa del Terror.

Dice Hobsbawm que «cuando los profanos cultos piensan en la Revolución francesa, son los acontecimientos de 1789 y especialmente la República jacobina del año II los que acuden en seguida a su mente. El almidonado Robespierre, el gigantesco y mujeriego Danton, la fría elegancia revolucionaria de Saint-Just, el tosco Marat, el Comité de Salud Pública, el tribunal revolucionario y la guillotina son imágenes que aparecen con mayor claridad, mientras los nombres de los revolucionarios moderados que figuraron entre Mirabeau y Lafayette en 1789 y los jefes jacobinos de 1793 parecen haberse borrado de la memoria de todos, menos de los historiadores. Los girondinos son recordados solo como grupo, y quizá por las mujeres románticas pero políticamente irrelevantes unidas a ellos: madame Roland o Charlotte Corday». El historiador pone de relieve el desconocimiento del asunto, y critica la visión incompleta que la gente culta, pero no experta, tiene de los acontecimientos de la república jacobina, y del escenario político-social en el que se desenvolvió. Dice así que «para la sólida clase media francesa que permaneció tras el Terror, éste no fue algo patológico o apocalíptico, sino el único método eficaz para conservar el país. Esto lo logró, en efecto, la República jacobina a costa de un esfuerzo sobrehumano». Como decía ciruja, y recoge también Hobsbawm, «en junio de 1793, 60 de los 80 departamentos de Francia estaban sublevados contra París; los ejércitos de los príncipes alemanes invadían Francia por el norte y por el este; los ingleses la atacaban por el sur y por el oeste; el país estaba desamparado y en quiebra. Catorce meses más tarde, toda Francia estaba firmemente gobernada, los invasores habían sido rechazados [hay que recordar la leva masiva que fue determinante en la victoria militar y en el fortalecimiento de la revolución; este paréntesis es mío] y, por añadidura, los ejércitos franceses ocupaban Bélgica y estaban a punto de iniciar una etapa de 20 años de ininterrumpidos triunfos militares (…)No es de extrañar que Jeanbon St.-André, jacobino miembro del Comité de Salud Pública y más tarde, a pesar de su firme republicanismo, uno de los mejores prefectos de Napoleón, mirase con desprecio a la Francia imperial que se bamboleaba por las derrotas de 1812-1813. La República del año II había superado crisis peores con muchos menos recursos. Para tales hombres, como para la mayoría de la Convención Nacional, que en el fondo mantuvo el control durante aquel heroico periodo, el dilema era sencillo: o el Terror con todos sus defectos desde el punto de vista de la clase media, o la destrucción de la revolución, la desintegración del Estado nacional y, probablemente, la desaparición del país».

En la página antehistoria se dice que «El Terror estaba dirigido contra los enemigos de la Revolución y se aplicaba mediante la sustracción del acusado del curso normal de la justicia para ser sometido a un Tribunal revolucionario que aplicaba unos procedimientos y unas penas fijadas por la Convención. Pero el Terror no era simplemente una forma de aplicación de la justicia revolucionaria, era también una forma de gobierno omnipresente mediante el cual la dictadura revolucionaria dejaba llegar su mano de hierro a cualquier rincón del país, a través de los representantes en misión, delegados por el Comité de Salud Pública y la Convención. Ahora bien, el Terror como tal, es anterior a la dictadura del año II de la República, pues se manifestó desde los mismos comienzos de la Revolución ligado a la idea de que ésta estaba amenazada por un complot aristocrático al que sólo las medidas de carácter extremo podían poner fin. Lo que ocurre es que ahora, a partir de septiembre de 1793, se presenta como un sistema represivo institucionalizado. Hubo muchas víctimas del Terror, e incluso la guillotina, aquel maléfico instrumento que pronto se convirtió para siempre en el símbolo de la violencia revolucionaria, no fue suficiente y se recurrió a los fusilamientos y hasta a los ahogamientos colectivos en el Loira»

En septiembre de 1793 se aprobó una amplia ley represiva dirigida contra los «sospechosos», y seguidamente una ley que establecía una serie de disposiciones contra el acaparamiento. Fueron medidas como éstas las que sostuvieron el régimen del Terror montañés. La amenaza de la guerra hizo que la defensa nacional se fundiera con el avance social de los sans-culottes que, al mismo tiempo, tenían que defender su abastecimiento mediante la violencia contra los especuladores, los acaparadores de víveres y los desaprensivos capaces de traicionar a la República en aras de su interés militar. Así fue como la victoria militar, la satisfacción de las necesidades populares y la represión se mostraban como tres aspectos de un mismo objetivo. Fue entonces cuando la máquina recomendada por Joseph Ignace Guillotin tuvo su terrible uso. Por ella, por la guillotina, pasaron no solo Maria Antonieta y muchos ex-nobles, sino también madame Roland y otras defensores de los derechos de la mujer, varios dirigentes girondinos y otros tantos clérigos; a ello se le había de sumar las víctima de las ejecuciones sumarias y las matanzas y represalias. En Nantes, el representantes del gobierno permitió ejecuciones sin juicio previo, mediante el procedimiento de introducir a las víctimas en una barcaza y hundirla en el Loira.

La Convención decidiría que el gobierno de Francia sería confiado excepcionalmente, hasta que terminase la guerra, a dos de sus comités: el Comité de Salud Pública y el Comité de Seguridad General. El primero, cuando se produjo la expulsión de los girondinos, sufrió una nueva transformación y se convirtió en lo que se iba a llamar el Gran Comité, compuesto por doce miembros, cuyas tendencias estaban lejos de ser unánimes. Había moderados, una izquierda formada por Robespierre, Saint Just y Couthon que tomaría la dirección del país, y extremistas partidarios de reformas sociales radicales. El segundo tenía a su cargo la policía política. Estos dos Comités constituían una especie de gobierno parlamentario que comenzó a dirigir los asuntos de Francia de forma dictatorial gracias a la confianza de la que gozaban por parte de la Asamblea. La política que practicaron estos hombres está vinculada al Terror, como medio de salvar al país de los peligros que lo amenazaban en el interior y en el exterior.
Última edición por Alonso_Quijano el Mar 08 Nov, 2005 16:35, editado 1 vez en total.
—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida...

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Mensaje por Alonso_Quijano » Sab 05 Nov, 2005 21:30

(continúa el mensaje anterior)

Uno de los fenómenos más característicos del periodo del Terror fue el «movimiento de descristianización», caracterizado por su violencia anticlerical. A propuesta de Danton, la Convención aprobó un decreto que confirmaba la libertad de cultos. Además, en octubre de 1793 se implantó en Francia el calendario republicano (Otoño: Vendémiaire, Brumaire, Frimaire; invierno: Nivôse, Pluviôse, Ventôse; primavera: Germinal, Floréal, Prairial; verano: Messidor, Thermidor, Fructidor).
«Tanto en la Convención como en los Comités no quedaban ya moderados, sólo había extremistas, pero entre éstos se dibujaban tres tendencias. En el centro se hallaba Robespierre, que ahora alcanzaba el cenit de su carrera revolucionaria. A la derecha de Robespierre se hallaba Danton, que había vuelto a la política a finales de 1793, y que sin dejar de ser un demagogo aparecía como un moderado al que comenzaban a repugnarle las atrocidades sistemáticas impuestas por el Terror. A la izquierda, Hébert, sucesor de Jacques Roux -que se había suicidado en prisión- como líder de los enragés. Había fundado el periódico Le Pére Duchesne, órgano de los sans-culottes, e impulsaba medidas aún más radicales consistentes en un dirigismo económico y político animado por la Convención. Había colaborado intensamente en la campaña de descristianización que se había llevado a cabo tanto en París como en los departamentos. Los sans-culottes eran conscientes de que habían sido ellos los que, a consecuencia de su ardor revolucionario, consiguieron la radicalización de la Revolución y ahora querían recoger sus frutos.

La lucha política entre estas facciones se desarrollaba en los clubs y en la Convención, en donde los diputados de unas y otras intentaban hacerse con la mayoría. Pero la frialdad y la capacidad de maniobra de Robespierre fueron decisivas en esta lucha y sus oponentes fueron acallados mediante la eliminación de sus líderes. Hébert y sus enragés procuraron capitalizar un recrudecimiento de la crisis de subsistencias en el invierno de 1793-94, organizando manifestaciones de protesta. Pero los jacobinos, que dominaban el Comité de Salud Pública, les acusaron de tratar de soliviantar al pueblo y consiguieron encarcelar a sus dirigentes a mediados de marzo. Después de un breve proceso, el 24 de marzo (4 de Germinal), Hébert, Ronsin, Manuel, junto con Momoro y Leclerq -de las secciones parisienses- y algunos otros radicales fueron guillotinados. La desaparición de los radicales iba a llevar, aunque pueda resultar paradójico, a la desaparición también del grupo moderado encabezado por Danton y Desmoulins. Robespierre, para que no pudiera interpretarse que con su actitud en contra de los enragés estaba favoreciendo un corrimiento de la Revolución hacia la derecha, mandó encarcelar a los principales moderados. Parece que durante un momento se resistió a incluir a Danton en la lista, pero una excepción podría levantar contra el gobierno a todos los que se habían comprometido con el Terror. El proceso fue agitado y Danton fue excluido de los debates. El 5 de abril (22 de Germinal) fue ejecutado. Con la desaparición de las dos oposiciones se produjo también la desaparición de la presión callejera que había estado obrando sobre el gobierno desde el 10 de agosto de 1792. En realidad, la eliminación de las facciones se había llevado a cabo en medio de una indiferencia generalizada. Robespierre se quedaba ahora solo en el poder. La Revolución se había congelado como dijo Saint-Just. Desaparecieron las sociedades populares y otros comités especiales y todo quedó en manos de una férrea dictadura. Entre Germinal y Termidor el gobierno robespierrista tomó una serie de medidas destinadas a la consecución de una sociedad pura y perfecta. Para luchar contra la secularización y para proporcionar una base moral a la Revolución, lanzó el culto al Ser Supremo, que fue entronizado mediante una gran ceremonia que tuvo lugar el 8 de junio (20 Pradial). Se trataba en realidad de contrarrestar la política de descristianización que se había practicado en Brumario y que había disgustado a muchos franceses de raíces profundamente católicas. No se trataba de volver al catolicismo, sino de instaurar una religión de carácter deísta, con un vago fondo filosófico pero con un ceremonial litúrgico precisamente legislado. Aquel intento, sin embargo, no contentó a nadie. A los católicos les pareció una culminación del proceso de descristianización, y a los no católicos, una vuelta a la religión. Para reforzar el reino de la virtud, Robespierre amplió la legislación terrorista en el mes de abril, mediante una medida que agravaba las penas y centralizaba los juicios en París. Las penas de muerte aumentaron considerablemente. El 10 de junio se dictó una ley que ampliaba la noción de «sospechoso», simplificando el proceso judicial y eliminando a los testigos. Se trataba de ampliar el control del poder sobre la justicia con la intención de evitar la arbitrariedad de los tribunales regionales. Pero, si bien se pretendía con esa medida apaciguar los ánimos revolucionarios, el resultado fue exactamente el contrario, pues los sans-culottes de provincias se vieron privados, no sin un gran disgusto, de sus propios organismos de Terror que habían logrado después de una larga lucha».
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«La muerte de Marat a manos de Charlotte Corday deja el rumbo de la Revolución en manos de Robespierre y Danton. Las diferencias entre ambos no tardaron en ponerse de relieve. Danton, quien fue sustituido por Robespierre al frente del Comité de Salud Pública, planteó un giro moderado de la Revolución, pasando a dirigir al grupo llamado de "los indulgentes". Ante esto, fue mandado arrestar por Robespierre y ejecutado, el 5 de abril de 1794. Dos meses más tarde, Robespierre accedió al puesto de presidente de la Convención, si bien comenzaban a manifestarse síntomas de hastío por parte del pueblo ante el régimen de terror impuesto desde el gobierno. No obstante, prosiguió su política despótica firmando un decreto por el que anulaba la comparecencia de testigos y defensores en los juicios revolucionarios. La oposición que comenzaba a manifestarse le hizo retraerse y restringir sus apariciones en público; sin embargo, fue acusado de traición y de ejercer una política despótica por parte de algunos miembros de la Convención, que culminó en un tumulto en la sala de sesiones, el 27 de julio de 1794. En consecuencia, hubo de abandonar la sala insultado, físicamente herido y humillado. Pronto fue detenido, así como sus seguidores, siendo ajusticiado un día más tarde».

Los éxitos de la guerra exterior, el fin de la amenaza de invasión y el dominio sobre la Vendée provocó un cambio que llevó a muchos franceses alc onvencimietno de que ya era innecesario seguir soportando el gobierno dictatorial del Comité y la disciplina económica impuesta por el Terror. Esta es la causa de los enfrentamientos internos en la Montaña. En la primavera y verano de 1794 el personal político se desentendía de las órdenes propuestas por el Comité y el impulso revolucionario se había desvanecido tras el desamantelamiento de las secciones populares. Aparte de los monárquicos y conservadores, muchos franceses eran ahora partidarios de poner fin a la obra revolucionaria; y este ambiente crecía entre los adversarios políticos de Robespierre. Parecía que la victoria de los ejércitos franceses, con un papel destacado para el joven Napoleón Bonaparte, había alejado la amenaza para la Revolución; pero Robespierre y sus partidarios consideraban que ni la Revolución ni e país estaban libres de peligros, y la crisis se agravó al producirse la división entre los propios jacobinos y los miembros del Comité. Danton proclamó públicamente la necesidad de acabar con el régimen de «sospechosos», volver a la reconciliación y la unidad nacional y reducir la omnipotencia de los Comités. Varios diputados del sector de la llanura se unieron a su modo de pensar y formaron el grupo de los «indulgentes» o «moderantistas». Frente ellos, los jacobinos más radicales seguían proclamando la necesidad de seguir manteniendo las medidas de excepción y afianzar la Revolución. Robespierre desconfió de la actitud de los «dantonistas», viéndolos como contrarrevolucionarios, y bajo estas sospechas, Danton y sus partidarios fueron ejecutados. Robespierre quería mantener una sola voluntad. Sus actitudes hicieron temer a numerosos diputados una posible depuración de responsabilidades por el periodo del Terror; se le acusó de dictador, traidor y se le declaró «fuera de la ley», lo que equivalía a su ejecución sin juicio, a pesar de los apoyos de la Comuna de París.
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Mensaje por Alonso_Quijano » Sab 05 Nov, 2005 21:34

Pequeñas impresiones de un hidalgo

Es difícil valorar, al menos para mi, la conveniencia o no del empleo del terror y, en definitiva, del sistema de la república montañesa. La eterna pregunta es hasta dónde llega la objetividad del historiador cuando relata los hechos… probablemente, como apuntaban en otros mensajes, depende de la lectura de Furet, Hobsbawm, Soboul, Lefèbvre, Vovelle, etc. la visión que tengamos de estos acontecimientos. Las declaraciones de Hobsbawm son contundentes en un sentido favorable, tal y como habréis leído antes y como podréis observar posteriormente.

El contexto socioeconómico en que se determina el triunfo de la Montaña era realmente crítico; sin embargo, de la lectura de la monografía, sencilla, que he seguido en la mayoría del relato del que os he dejado cuenta –y que aprovecho estas líneas para constatar su uso: -YLLÁN, Esperanza. La Revolución Francesa. Anaya (Madrid: 2000)-, parece, a simple vista, que la crisis no era tan grave. Pese a ello, si recapitulamos, entre sus páginas podremos darnos cuenta de aquello de lo que hablaba Hobsbawm y que nos esquematizaba nuestro compañero en otro mensaje: guerra exterior, revuelta de la Vendée, violencia de los sans-culottes, insurrecciones locales, puntos de vista dispares sobre la forma de dar solución al problema, movimientos contrarrevolucionarios… todos, en mayor o menor importancia, sumados, conformando el caldo de cultivo para una explosión que determinó que el peso en la balanza se inclinara hacia la izquierda. Lo que no deja de alarmarme es cómo la influencia de los sans-culottes determinó el triunfo de los montañeses, y cómo su falta de apoyo favoreció su caída.

Como decía Hobsbawm, «quizá para la desesperada crisis de Francia, muchos de ellos hubiesen preferido un régimen menos férreo y con seguridad una economía menos firmemente dirigida». A mi, por las pocas lecturas que tengo de este periodo, me da la impresión que hubiera podido gestionarse de otra forma. Resulta obvio que ante la crisis extrema, solo medidas extremas podían girar el rumbo de la historia; sin embargo, tengo la sensación de que este grupo jacobino estaba embebido de sed de poder y, como no debía ser de otro modo, fue víctima de su propia mano. Ciertamente, creo que perdieron el norte. «Las perspectivas de la clase media francesa dependían en gran parte de las de un Estado nacional unificado y fuertemente centralizado. Y en fin, ¿podía la revolución que había creado virtualmente los términos «nación» y «patriotismo» en su sentido moderno, abandonar su idea de «gran nación»?». Ésta es la pregunta que se hacía Hobsbawm. No sé hasta qué punto puede ir ligada una cosa a la otra; me refiero a la indispensabilidad de las medidas para conseguir ese tipo de Estado...

Lo que tampoco alcanzo a comprender es cómo justificar una ley que emplea el término «sospechoso» para justificar detenciones y muertes, saltándose los principios máximos de legalidad e igualdad, creando una norma ad hoc que no confería ningún tipo de tranquilidad sino, más bien, el temor a poder ser incluido en un saco tan amplio que daba cabida a los más dispares grupos de personas. La falta de legalidad en los juicios chocaba, según mi opinión, contra las ideas Ilustradas que luchaban contra la arbitrariedad judicial del Antiguo Régimen, y que no daban más muestra de civismo y raciocinio que las más graves atrocidades cometidas durante el absolutismo monárquico. He comparado las constituciones de 1791 y de 1793. Obviando que la de 1793 no fue más que una «declaración de intenciones», que nunca tuvo vigencia, y que me parece, cuanto menos, un despropósito alabar sus avances cuando nunca se efectuaron (ciruja, amigo, no va por ti, sino por aquellos que sin conocimiento de causa, o aún teniéndola, no recuerdan que una norma sin vigencia no produce ningún efecto, y que no pasa de ser papel mojado). Así lo recoje Vovelle en su libro, cuando dice que «Después de la caída de la Gironda, en junio de 1793, la Convención había elaborado y aprobado a toda prisa un texto constitucional (la llamada Constitución «del año I»), que el pueblo ratificó en el mes de agosto. Este texto no es despreciable, y en él adquiere forma la expresión más avanzada del ideal democrático de la RF. Pero jamás se aplicó, pues la Convención decretó de inmediato: «El gobierno de Francia es revolucionario hasta la paz». Pero cómo contradecir a grandes historiadores… «La primera tarea del régimen jacobino era la de movilizar el apoyo de las masas contra la disidencia de los girondinos y los notables provincianos, y conservar el ya existente de los sans-culottes parisienses, algunas de cuyas peticiones a favor de un esfuerzo de guerra revolucionario –movilización general (la levée en masse), terror contra los «traidores» y control general de precios (el maximum)- coincidían con el sentido común jacobino, aunque sus demandas resultaran inoportunas. Se promulgó una nueva Constitución radicalísima, varias veces aplazada por los girondinos. En este noble, pero académico documento, se ofrecía al pueblo el sufragio universal, el derecho de insurrección, trabajo y alimento, y –lo más significativo de todo- la declaración oficial de que el bien común era la finalidad del gobierno y de que los derechos del pueblo no serían meramente asequibles, sino operantes. Aquella fue la primera genuina Constitución democrática promulgada por un Estado moderno. Concretamente, los jacobinos abolían sin indemnización todos los derechos feudales aún existentes, aumentaban las posibilidades de los pequeños propietarios de cultivar las tierras confiscadas de los emigrados y-algunos meses después- abolieron la esclavitud en las colonias francesas». Pero lo que no leo en Hobsbawm es que la intención no es lo que cuenta; en este gravísimo caso, un ideario no basta; como decía Goethe, «no es suficiente querer, se debe también hacer», que, para este caso, lo entiendo como «aplicar». Lograr un clima de estabilidad requería la toma de decisiones importantes, quizás muchas de ellas no de gusto; probablemente, uno de los mejores medios para establecer un ssitema de igualdad social fuera realizar la expropiación forzosa de las tierras de la aristocracia; pero lo que me planteo es hasta dónde se puede llegar a ese fin, ¿hasta dónde se cumple la premisa maquiavélica de que el fin justifica los medios? Es posible que se les fuera de las manos. Lo que eran en principio (y solo «principios») legítimas reivindicaciones y justas acciones se transformaron, en manos del Comité, en arbitrariedad, en las garras del miedo. Sin las conquistas revolucionarias, y sin abolición de la clase noble y eclesiástica no hubieran llegado las leyes desvinculadoras y desamortizadoras, y hubiera seguido perviviendo un sistema injusto y antiigualitario, que hubiera hecho quebrar los cimientos de la nación. Pero el poder corrompe; el incorruptible Robespierre, quizás no lo fuera tanto… Danton no lo fue, ni posiblemente tampoco lo fue Marat (a pesar de su fastuoso funeral, que dio fe de su fama). Rodaron cabezas, probablemente muchas inocentes; los abusos en Nantes y el Loira… (aunque sería injusto no decir que hubieron muchos procónsules que mostraron moderación y buen sentido político), pero fue el pueblo su propio verdugo: solo él legitimó el terror para defender la República (recordad su reverso en el «terror blanco» antijacobino de la reacción termidoriana; era lógico encontrar el odio a la revolución, y era comprensible la violencia... tanto como la jacobina). Los exaltados sans-culottes pretendían demandas legítimas y de justicia, pero se dio rienda suelta a la violencia como método único de conquista. La ley de 17 de septiembre de 1793 de caza de sospechosos «daba una definición tan amplia que permitía incluir a todos lo que por su conducta, sus intenciones o sus escritos eran partidarios de la Monarquía o del federalismo, pero también a los considerados enemigos de la Libertad: funcionarios públicos cesados, antiguos nobles, parientes de emigrados o cualquiera que no pudiera demostrar medios de subsistencia legales o no hubiera manifestado públicamente su acatamiento a la Revolución» (según Espinós y otros en «Así vivían durante la RF»); y, más grave aún, es que no había garantía legal, no existía el legalismo férreo que nace de las primeras manifestaciones contra los sistemas penales y que alzó voz en grito Beccaria ante una situación donde la herida a un Rey suponía la más inimaginable tortura (caso Damiens) o la más infudada sospecha de peligro «para la religión», que hicieron del joven De la Barre un torturado: «la calificación de sospechoso correspondía al Comité Revolucionario»; hasta junio de 1794 aún podía hablarse de alguna garantía procesal; después, falto hasta eso. Se expedían certificados de civismo «para no parecer un contrarrevolucionario o para promocionarse en la vida pública», lo que no puede hacer dejar de pensar en las más diversas corruptelas en sus otorgamientos, sobre todo para aquellos adinerados que habían hecho de la guerra su negocio. El clima que creó la ley fomentó la delación como principal vía de detención de sospechosos, que no difiere tanto de la época de los Tribunales de la Inquisición, de la que habría de acordarse Fouquier Tinville.

La tragedia de Robespierre y de la Repúblcia jacobina fue la de perder, forzosamente, el apoyo del pueblo, de las masas de parís. «El régimen era una alianza entre la clase media y las masas obreras; pero para los jacobinos de la clase media las concesiones a los sans-culottes eran tolerables solo en cuanto ligaban las masas al régimen sin aterrorizar a los propietarios; y dentro de la alianza los jacobinos de clase media eran una fuerza decisiva (…) En las ciudades, el racionamiento y la tasa de precios beneficiaba a las masas, pero la correspondiente congelación de salarios las perjudicaba. En el campo, la sistemática requista de alimentos (que los sans-culottes urbanos habían sido los primeros en preconizar) les enajenaban a los campesinos. Por eso las masas se apartaron descontentas en una turbia y resentida pasividad, especialmente después del proceso y ejecución de los hebertistas, las voces más autorizadas del «sans-culottismo». Al mismo tiempo, muchos moderados se alarmaron por el ataque al ala derecha de la oposición, dirigida ahora por Danton. Esta facción había proporcionado cobijo a numerosos delincuentes, especuladores, estraperlistas y otros elementos corrompidos y enriquecidos, dispuestos como el propio Danton a formar esa minoría amoral, falstaffiana, viciosa y derrochadora que siempre surge en las revoluciones sociales hasta que las uspera el duro puritanismo (…) Y el constante silbido de la guillotina recordando a todos los políticos que ninguno podía sentirse seguro de conservar su vida». Si algunos historiadores se cuestionan la mala fe de Luis XVI, alguno habrá pensado también en cuestionarse la buena fe de Robespierre; en los últimos meses antes de su caída dio muestras de la impasividad de aquél a quien no le tiembla la mano para pedir la ejecución de un antiguo compañero, de aquél que pondría la cabeza de quien hiciera falta por contraponerse a sus ideales.

Y, por último, el terror también afectó al ámbito económico. La fijación de precios máximos respondía a una exigencia popular espontánea. «A partir de septiembre de 1793, la ley del «Máximo General» extendía esta política no solo a todos los productos, sino también a los salarios. De ello derivaron uan serie de medida autoritarias, tales como el curso forzoso de los asignados y, en el campo, la requisa forzada de los stocks de los campesinos. A pesar de que la política de precios máximos se fue haciendo cada vez más impopular tanto entre los productores como entre los asalariados, no por ello dejó de asegurar a las clases populares urbanas una alimentación adecuada durante toda la época del Terror». Este párrafo, que corresponde a Vovelle, justifica la medida económica tomada bajo el régimen de la Montaña. Probablemente, los efectos beneficiosos para las clases populares contrapese el descontento de productores y asalariados…

Sobre el origen de la RF que cuestionas, opino que no es sino cuando quedan afectados irremediablemente los valores materiales cuando se hace necesaria la revolución. Son un cúmulo de factores los que provocan tal reacción y, como quedó dicho en otro mensaje, la situación de crisis económica que sufría Francia en el último cuarto del s. XVIII, que atornillaba a las clases bajas con impuestos, para sufragar unos gastos, provocados fundamentalmente por los dispendios Reales y gastos de las clases altas, que, además, no contribuían a sufragarlos. Este lucha de intereses sociales, y el «basta ya» (si se me permite la expresión) es lo que germina como sentimiento revolucionario. El capitalismo, como decía Rdo, presenta síntomas de existencia desde el s. XV. Este primer capitalismo, llamado mercantil, o mercantilismo, también apareció en Francia, donde el artesanado lo surtía con sus productos y, posteriormente, con una variedad de manufacturas; París era una ciudad de comerciantes, pero, más que ningún otro país europeo, había conservado un fuerte interés en la agricultura. En la época de Luis XIV (del que tan impresionante biografía hizo Roberto Rossellini), nacieron las teorías económicas de los llamados «fisiócratas», cuyo principio básico era el concepto de derecho natural y una actuación dirigida por el «laissez faire, laissez passer», que tiempo después mutaría su concepción para convertirse en lema del liberalismo económico; y así, sobre la base de ese derecho natural se edificó el alegato contra el mercantilismo. Además de esto, se formuló otra doctrina más claramente opuesta a la influencia de los mercaderes: la noción del producto neto, que en su forma escueta, como dice Galbraith, afirmaba que toda riqueza se origina en la agricultura, y ninguna en otras actividades económicas, oficios u ocupaciones: los mercaderes compraban y vendían el mismo producto, sin agregarle nada en este proceso; y lo mismo sucedía con la industria (manufactura), así que eran consideradas «clases improductivas». De estas ideas surgió la defensa de la agricultura y la contra la intromisión de los mercaderes; Quesnay dijo «la agricultura es la fuente de toda riqueza del Estado y de la riqueza de todos los ciudadanos». Esta concepción de la economía produjo que los impuestos aplicados a dicho sector debían ser moderados, pues estaba en juego la prosperidad de la agricultura y del país. Los fisiócratas procuraron reformar el viejo sistema y defenderlo del mercantilismo y del capitalismo industrial naciente y, como dice Galbraith, el interrogante que se plantea es que si se hubieran producido dichas reformas, ¿habría podido prevenirse o impedirse la RF? El economista responde: «esta pregunta es ociosa, pues los ricos y privilegiados, cuando son a la vez corruptos e incompetentes, no aceptan las reformas que podrían salvarlos». Esto muestra la existencia de un capitalismo emergente en Francia, que conecta con la historia del primer mensaje relativo al inicio de la RF. Atendiendo más a la pregunta, sobre la existencia de ese protocapitalismo burgués en los albores de la RF, yo creo que sí, que lo había y que se cansaron de «pagar el pato»; la situación impedía el despegue definitivo de Francia y la concentración del peso económico en los sectores desfavorecidos, entre los que estaba esa burguesía que veía cercenadas sus posibilidades de crecimiento, terminó con las presiones internas hasta la convocatoria de los Estados Generales por Luis XVI. En suma, el capitalismo mercantil aparece en Francia, es atacado por los fisiócratas; la Revolución Industrial genera el capitalismo industrial, se expande el comercio (y con él el capitalismo financiero) y los comerciantes franceses (burgueses y, entre ellos, principalmente los girondinos) se ven atados de manos en la evolución del mercado frente a sus vecinos ingleses; la presión fiscal sobre las clases pobres y sobre la burguesía (no pobre, pero sí exprimida económicamente) hasta una crisis económica donde los ingresos no podían satisfacer los grandes gastos estatales, fue la primera piedra lanzada contra la Monarquía francesa, que acabaría sobre el cadalso.

Por todo, por esa historia de la RF, termino con una frase de ese gran autor que fue Goethe: «somos todos tan limitados, que creemos siempre tener razón».

Alonso.
—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida...

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Mensaje por Alonso_Quijano » Jue 10 Nov, 2005 23:17

Aprovechando que estamos hablando de la Revolución Francesa, y como el hilo ya no se refiere únicamente a libros, aviso aquí de dos películas que van a salir en venta en DVD este noviembre:

Imagen
Danton, de Andrzej Wajda

Imagen
La noches de Varennes, de Ettore Scola
De esta última, ya avisa nuestro compañero papitu aquí

Saludos.
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ciruja
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Mensaje por ciruja » Vie 11 Nov, 2005 03:27

Genial exposición, Alonso. :plas: :plas:
Si es que tienes la lanza en astillero será a causa de haberla sustituido por un teclado de ordenador, porque vaya forma de largar... :wink:
Bueno, simplemente voy a hacer un par de acotaciones a tus posts de reflexiones:
Alonso_Quijano escribió:Obviando que la de 1793 no fue más que una «declaración de intenciones», que nunca tuvo vigencia, y que me parece, cuanto menos, un despropósito alabar sus avances cuando nunca se efectuaron
Es cierto que la Constitución de 1793 careció de vigencia en su momento, pero no lo es menos que su contenido se proyecta en el tiempo incluso hasta nuestros días. Es en este sentido de "fuente de inspiración" o "modelo" en el que debemos abordar la valoración del texto de 1793. El constitucionalismo y el pensamiento político posteriores a 1793 son tributarios, en gran medida, del ideario contenido en la Constitución jacobina sin importar el hecho de su falta de vigencia. De hecho, la izquierda democrática del s. XIX, a la que tanto debemos y a la que tan poco se asemeja la izquierda contemporánea, bebe directamentamente del texto francés a la hora de formular sus exigencias de Estado asistencial (Louis Blanc, Ferdinand Lassalle) o de Estado democrático (Eduard Bernstein). El avance que supuso la norma de 1793 debe considerarse, por tanto, desde la perspectiva sociológica más que desde la meramente normativa. Como bien apunta Alonso en su post, el texto de 1793 no es despreciable.

Alonso_Quijano escribió:La falta de legalidad en los juicios chocaba, según mi opinión, contra las ideas Ilustradas que luchaban contra la arbitrariedad judicial del Antiguo Régimen, y que no daban más muestra de civismo y raciocinio que las más graves atrocidades cometidas durante el absolutismo monárquico.
Tocas uno de los temas más controvertidos y de difícil justificación en todo el proceso revolucionario. En mi opinión el jacobinismo se suicidó al dirigir el terror contra los propios jacobinos moderados. De ahí a perder el apoyo de la sociedad entera media un paso. Cosa distinta es la adopción de medidas revolucionarias en una situación de guerra interna y externa. Es decir, la "Ley de sospechosos" o la elusión de las garantías procesales únicamente cobraron sentido en tanto se dirigieron a eliminar a los elementos desestabilizadores de la República (conspiradores realistas, estraperlistas, desertores etc.) En dichos casos ni siquiera creo que pueda hablarse de una traición jacobina a los principios Ilustrados, ya que el propio marco socio-económico excepcional diluye o depaupera la influencia de las ideas. Digamos que, en mi opinión, existe una determinación social de las ideas que el propio Rousseau acertó a expresar:

"...a quien rehuse obedecer la voluntad general, se le oligará a ello por todo el cuerpo; lo que no significa nada más sino que se le obligará a ser libre..." El Contrato Social, Libro I.

Pero, como digo, Danton y sus partidarios, los "Indulgentes", no rehusaban a obedecer la voluntad general. Sus ejecuciones fueron gratuitas. No encuentro motivo alguno que justifique la persecución que sufrieron los jacobinos moderados, como no sea el deseo de eliminar a los adversarios políticos y perpetuarse en el poder. Y eso sí que es una traición a la virtud republicana.

Y para finalizar,
Alonso_Quijano escribió:Pero el poder corrompe; el incorruptible Robespierre, quizás no lo fuera tanto…
Por ahí no paso, amigo Alonso :negacion: . No me bajes a los dioses de los altares, hombre, que eso está muy feo.

Bueno, yo creo que podemos dar por cerrado el tema de la Revolución Francesa. Gawyn ha recomendado bibliografía, Alonso ha puesto sobre el tapete el proceso histórico con su habitual maestría, Rdo. ha aportado las implicaciones socio-económicas y quien suscribe se ha dedicado a lavarle la cara al jacobinismo. Espero impacientemente la proposición de un nuevo tema por cualquiera de los antedichos o, mejor aún, por cualquier otro miembro de la comunidad, que no mola que el hilo se convierta en un coto privado.

Saludos y...bueno...a estas alturas de hilo no tiene sentido excusarme por haberme extendido tanto ¿no? :wink:

Por cierto, Alonso, muchas gracias por el aviso de la peli sobre Danton. Voy derechito a comprarla (y posteriormente a compartirla, cómo no).

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Gawyn
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Mensaje por Gawyn » Vie 11 Nov, 2005 08:53

Uuuuh... Qué tocho. :lol: Bueno, esta tarde me lo leo que ahora estoy en clase. :mrgreen:

Ciruja, soy catalán, aunque la expresión "Saludines", me la engancho una profa asturiana que tuve en bachillerato, si eso te sirve... 8)

En breves, haré caso a un comentario que hicieron al principio del post y leeré "El Stalin desconocido", ya haré la consiguiente review.

Salud...ines :wink:
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RdoHarryPowell
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Mensaje por RdoHarryPowell » Vie 11 Nov, 2005 16:57

Sólo una pequeña apreciación:
Evidentemente en la caída de los jacobinos tiene mucho que ver la retirada del apoyo del pueblo llano de París, debido entre otras causas a la represión ejercida sobre los izquierdistas más radicales (ejecución de Hébert y persecución de sus seguidores), que tenían un importante predicamento entre los sans-culottes.
Pero esta explicación es muy esquemática. En realidad, hay una causa más profunda que explica la caída de los jacobinos, y es que la burguesía ya no los necesitaba; los había tolerado, porque eran el último recurso para salvar la revolución (burguesa, no nos olvidemos). La disyuntiva era o la radicalización pequeñoburguesa de los jacobinos o, lo que era mucho peor para la burguesía, la vuelta al Antiguo Régimen. Paradójicamente, los jacobinos mueren de éxito: han salvado la Revolución de sus enemigos internos y externos y ya no son necesarios; es más, ellos son ahora el peligro para una burguesía que no quiere que la Revolución vaya ten lejos.
En cuanto al Terror jacobino, que realmente alcanzó niveles terribles, conviene recordar que fue seguido de un "Terror Blanco" ni menos brutal ni más garantista.

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Alonso_Quijano
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Mensaje por Alonso_Quijano » Vie 11 Nov, 2005 23:50

ciruja escribió: Por ahí no paso, amigo Alonso. No me bajes a los dioses de los altares, hombre, que eso está muy feo
:mrgreen: Hace tiempo que intento no tener endiosado a ningún mortal –aunque reconozco algún fallos en mi voluntad- :wink:. Sin duda, la figura de Robespierre ha sido bastante controvertida. La mala fama muchos la achacan a una campaña que vendría desde el s. XIX; pero, al final, se trata de la «eterna cuestión»: la historiografía. Os recomiendo, pero solo a los locos por la RF, pasar por estas dos páginas:

1º) El debate historiográfico de la RF (1ª versión)

2º) El debate historiográfico de la RF (2ª versión)

De su lectura se desprende cómo cambian las cosas según quién sea el historiador. Con todo, la primera crítica que me hago a mi mismo es que miro las cosas desde el pensamiento y la situación que vivimos ahora; otra cosa hubiera sido estar en aquellos momentos… quién sabe lo que habría hecho… Me repito la pregunta que, retóricamente, hacía Hobsbawm: «Las perspectivas de la clase media francesa dependían en gran parte de las de un Estado nacional unificado y fuertemente centralizado. Y en fin, ¿podía la revolución que había creado virtualmente los términos «nación» y «patriotismo» en su sentido moderno, abandonar su idea de «gran nación»?»; supongo que tenían y querían llegar hasta el final. Mi frase sobre Robespierre no es tanto por hacerle caer, sino por someterlo a la duda a la que someto a todo sobre lo que no hay pruebas determinantes. No sé tanto de Robespierre como me gustaría (a ver quién se anima a poner bibliografía relativa a su vida!). He leído críticas contra las personas que desprestigian al «Incorruptible» (apodo que se le puso antes de la Convención jacobina), justificadas en una campaña que vendría desde la propia RF, aludiendo a la falta de información de quién no le alaba, de no conocer suficientemente el periodo. Mathiez fue su gran defensor; también hay detractores. Uno no sabe a quién creer…

En el libro «Robespierre y el 9 Thermidor», Miguel A. Martin (que podéis ver y descargar pinchando aquí), hace interesantes declaraciones –que me parecen bien estudiadas- sobre este jacobino, así como sobre Danton y Marat. No las copio porque puede consultarse sin problemas en el libro. Hace referencia a los argumentos en su contra, y, sobre todo, a los que están a su favor.

De este libro me ha llamado la atención la referencia al siguiente cuadro:
Imagen
… al decir que le sobrevinieron críticas por no vestir como los «sans-culottes», sino, precisamente, con el vestido propio de la aristocracia. Por todo esto, no me puedo hacer una idea clara de esta importante personaje de la RF. Por otro lado, no deja de fascinarme el hecho de que, probablemente, fue la solidez y firmeza de sus ideas lo que le llevó a actuar tal y como lo hizo, sobre quien fuera necesario -lo que, en cierta manera, le honra-.

Termino yo también la referencia a la RF y a Robespierre con la cita de unas frases de un discurso que pronunció en febrero del 94: «la democracia no es un estado en que el pueblo –constantemente reunido- regula por sí mismo los asuntos públicos; y todavía menos es un estado en el que cien mil fracciones del pueblo, con medidas aisladas, precipitadas y contradictorias, deciden la suerte de la sociedad entera.... La democracia es un estado en que el pueblo soberano, guiado por leyes que son el fruto de su obra, lleva a cabo por sí mismo todo lo que está en sus manos hacer y por medio de sus delegados todo aquello que no puede hacer por sí mismo».

Tomo buena nota de lo que decís, ciruja y Rdo :D Y, como siempre, es un verdadero placer leeros. No os hacéis la idea de cuánto he aclarado mis ideas en torno a este interesante e importantísimo periodo de nuestra historia contemporánea.

Sobre las siguientes «historias» a tratar, tengo varias en las que me gustaría aclarar ideas, aunque sea solo en conceptos genéricos, como panorama orientativo. Ya que estamos llegando, en nuestro recorrido, al s. XIX –que considero riquísimo en acontecimientos-, no sé qué os parecería tratar las revoluciones de 1848, lo que podríamos llamar «asunto Marx-Engels» (del que tan poco sé :oops:) y las implicaciones con el movimiento obrero. Proponed vosotros si hay algún otro que os interese… yo tengo más :mrgreen:

Por cierto, Gawyn, esperamos esos comentarios :wink:.

Que a nadie se le olvide que, si le apetece, puede poner referencias a libros de historia, del periodo que sea, y así engrosamos la lista que ya tenemos.

Alonso.

P.S. Se me olvidó dar la referencia bibliográfica de Hobsbawm sobre la RF: el título es «La era de la revolución 1789-1848», y está en la editorial Crítica.
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Mensaje por acg110080 » Jue 17 Nov, 2005 19:32

Alonso_Quijano escribió:Ya que estamos llegando, en nuestro recorrido, al s. XIX –que considero riquísimo en acontecimientos-, no sé qué os parecería tratar las revoluciones de 1848
Plagiando a Alonso :twisted: , os dejo un página que puede servir de guión inicial:

http://www.fortunecity.es/imaginapoder/ ... alismo.htm

Excelentes intervenciones, chicos. Lamento mucho :cry: no participar, la RF es un periodo apasionante y muy importante, pero el tiempo es un bien valiosísimo y muy escaso :pucheritos: . La verdad es que apenas puedo seguir los distintos hilos, menos participar al nivel que se merecen algunos, éste entre ellos.

Tened cuidado, los temas propuestos pueden dar a muchas interpretaciones, y muchas ideas surgidas en el siglo XIX siguen siendo motivo de discursiones (civilizadas) y de disputas (la mayor parte despreciables).

Un saludo. :wink:
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Gawyn
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Mensaje por Gawyn » Vie 18 Nov, 2005 16:25

Vaya, vaya, vaya... Qué educativo es este post. Casi que le pediría al Caballero de la Triste Figura que siguiera hasta el 18 de Brumario, pero como él vea. :mrgreen:

Volver a leer sobre Robespierre, Marat y especialmente sobre Saint-Just me ha llevado a la memoria a uno de mis autores favoritos: Albert Camus. Saint-Just murió junto a su amigo Robespierre, y si lo permitís, siempre me han parecido que tenían maneras de pensar particularmente similares, incluso dentro de los jacobinos. Pues bien, el juicio de Camus a Saint-Just resulta interesante: lo presenta como el moralista de la Revolución, de la siguiente manera:
Saint-Just contemporáneo de Sade, llega a la justificación del crimen, aunque parte de principios diferentes. Saint-Just es, sin duda, el anti-Sade. Si la fórmula del marqués podría ser: "Abrid las prisiones y demostrad vuestra virtud", la del convencional sería: "Demostrad vuestra virtud, o entrad en las prisiones".
Que la mano derecha de Robespierre fuera Saint-Just me empuja a creer en su famosa incorruptibilidad. Sin embargo, como todo verdadero moralista, puede caer fácilmente en el exceso si no se impone un límite. Sobre esto mismo trata la obra de Camus, Los Justos:
STEPAN (Violentamente): No hay límites. La verdad es que vosotros no creéis en la revolución. (Todos se levantan, menos YANEK) Vosotros no creéis. Si creyerais totalmente, completamente, en ella, sí estuvierais seguros de que con nuestros sacrificios y nuestras victorias llegaremos a construir una Rusia liberada del despotismo, una tierra de libertad que acabará por cubrir el mundo entero, si no dudarais de que entonces el hombre, liberado de sus amos y de sus prejuicios alzará al cielo la cara de los verdaderos dioses, ¿qué pesaría la muerte de dos niños? Admitiríais que os asisten todos los derechos, todos, ¿me oís? Y si esta muerte os detiene es porque no tenéis seguridad de estar en vuestro derecho. No creéis en la revolución. (Silencio. KALIAYEV se levanta.)
KALIAYEV: Stepan, me avergüenzo de mí y sin embargo no dejaré que sigas. Acepté matar para abatir el despotismo. Pero detrás de lo que dices veo anunciarse un despotismo que, si alguna vez se instala, hará de mí un asesino cuando trato de ser un justiciero.
Quizás ese despotismo "por exceso" fue el que hizo caer a Robespierre. No es una hipótesis excesivamente lógica, pero bueno, ¿es bonita, no? :lol:

Si de verdad no van a haber más posts sobre la Revolución Francesa, me gustaría citar a Camus por última vez. Así empieza el primer capítulo de El Hombre Rebelde:
¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice sí desde su primer movimiento. Un esclavo que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el sentido de ese "no"? [...] Ese "no" afirma la existencia de una frontera.
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Mensaje por Alonso_Quijano » Mié 23 Nov, 2005 21:53

acg110080 escribió:Plagiando a Alonso
:lol: Es un buen punto de partida (la referencia, no el copiarme, claro).
Gawyn escribió:Casi que le pediría al Caballero de la Triste Figura que siguiera hasta el 18 de Brumario, pero como él vea.
Lo veo :mrgreen: y subo dos más :P Cuando encuentre otro rato tranquilo lo finiquito :wink: Pero no tengáis mucha prisa, porque ando un poco escaso de tiempo últimamente -in crescendo...-.
Gawyn escribió:Si de verdad no van a haber más posts sobre la Revolución Francesa, me gustaría citar a Camus por última vez
Por mi, quien quiera, que siga poniendo cosas de la RF, porque, desde luego, el asunto no está agotado :wink:. Gracias por las aportaciones sobre Camus.

Saludos.
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Mensaje por el_rey_de_las_cartas » Mar 28 Mar, 2006 17:30

Recupero este hilo, porque es una lástima que quede en el olvido, además aún tengo pendiente la lectura del mega-post de Alonso de la Revolución Francesa. Grande Alonso :plas:

Ahí va algo cortito y sencillo:
UNA DE ALMOGAVARES de Pérez Reverte
"De ellos no se acuerda casi nadie. Eran políticamente incorrectos" De ese centenario se ha hablado poco, pues nadie puede hacerse fotos a su costa. Hace setecientos años justos, además de salvar el imperio bizantino del avance turco, los almogávares arrasaron Grecia. Fue un episodio sólo comparable a la conquista de América por bandas de aventureros sin nada que perder salvo el pellejo –que se cotizaba a la baja– y con todo por ganar si salían vivos. Pero en esta España donde los libros escolares no los determina la memoria, sino el pesebre donde trinca tanto sinvergüenza periférico y central, esas historias han sido eliminadas, o manipuladas en beneficio de los golfos que organizan el negocio en plazos de cuatro años: los que van de una urna a otra. El resto importa un carajo. De los almogávares, como de lo demás, no se acuerda casi nadie. Eran políticamente incorrectosMadrugando el siglo XIV, el emperador de Bizancio pidió ayuda para frenar el avance de los turcos, y la corona de Aragón envió sus temibles Compañías. Lo hizo para quitárselas de encima. Estaban integradas por almogávares: mercenarios endurecidos en las guerras de la Reconquista y en el sur de Italia. Sus oficiales, eran catalanes, aragoneses, navarros, valencianos y mallorquines. En cuanto a la tropa, el núcleo principal procedía de las montañas de Aragón y Cataluña; pero las relaciones mencionan apellidos de Granada, Navarra, Asturias y Galicia. Feroces y rápidos, armados con equipo ligero, combatían a pie en orden abierto, con extrema crueldad, y entraban en combate bajo la señera cuatribarrada de Aragón. Sus gritos de guerra eran Aragón, Aragón, y el terrible, legendario, Desperta, ferro. La historia es larga, tremenda, difícil de resumir. Seis mil quinientos almogávares recién desembarcados en Grecia destrozaron a fuerzas turcas muy superiores, matando en la primera batalla a trece mil enemigos, sin dejar con vida –eran tiempos ajenos al talante, al buen rollito y al diálogo entre civilizaciones– a ningún varón mayor de diez años. En la segunda vuelta, de veinte mil turcos sólo escaparon mil quinientos. Y, tras escaramuzas menores, en una tercera escabechina los almogávares se cepillaron a dieciocho mil más. Eran letales como guadañas. Además, entre batalla y batalla –españoles a fin de cuentas– pasaban el rato apuñalándose entre sí por disputas internas, o despachando a terceros en plan chulito, como los tres mil genoveses a los que por un quítame allá esas pajas acuchillaron en Constantinopla, durante una especie de botellón que terminó como el rosario de la aurora. A esas alturas, claro, el emperador Andrónico II se preguntaba, con los huevos por corbata, si había hecho bien contratando a semejantes bestias. Así que su hijo Miguel invitó a cenar a Roger de Flor, que era el jefe, y a los postres hizo que mercenarios alanos los degollaran a él y a un centenar largo de oficiales. Fue el 4 de abril de 1305. Después de aquello los griegos creyeron que la tropa almogávar, sin jefes, pediría cuartel. Pero eso era desconocer al personal. Cuando apareció el inmenso ejército bizantino para someterlos, aquellos matarifes oyeron misa y comulgaron. Luego gritaron: Desperta ferro, Aragón, Aragón, y se lanzaron contra el enemigo, pasándose por la piedra a veintiséis mil bizantinos en un abrir y cerrar de ojos. Lo cuenta Ramón Muntaner, que estuvo allí: no se alzaba mano para herir que no diera en carne. No quedó sólo en eso. Enterados los almogávares de que nueve mil mercenarios alanos –los que aliñaron a Roger de Flor– volvían a su tierra licenciados y con familia, les salieron al paso, hicieron picadillo a ocho mil setecientos y se quedaron con sus mujeres. Después, durante una larga temporada y pese a estar rodeados de enemigos, se pasearon por Grecia saqueando y arrasando, por la patilla, cuanto se les puso por delante. Fue la famosa venganza catalana. Y cuando no quedó nada por robar o quemar, fundaron los ducados de Atenas y Neopatría: estados catalano-aragoneses leales al rey de Aragón, que aguantaron durante tres generaciones hasta que con el tiempo, el sedentarismo y el confort, se fueron amariconando –hijo caballero, nieto pordiosero– y quedaron engullidos, como el resto de Grecia, por la creciente marea turca que había de culminar con la caída de Constantinopla. Y ésa, colorín colorado, es la historia de los almogávares. Admitan que es una buena historia. Vive Dios. PATENTE DE CORSO Una de almogávares ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal

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alegre
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Mensaje por alegre » Lun 03 Abr, 2006 16:18

:D Quisiera hacer una piccola aportacion tocando un tema entrañable de la historia de la humanidad:
¿Qué sucedió en la antigua Roma con las Sabinas?

Rómulo había fundado una ciudad pero no tenía habitantes. Para llenarla de gente no se le ocurrió otra cosa que convertirla en lugar de asilo, es decir, un lugar donde los prófugos de la justicia estaba a salvo. De esa forma se reunió en Roma una multitud de gentes de toda clase y condición, pero todos de sexo masculino.En seguida se dieron cuenta de que, en tales circunstancias, la ciudad no duraría más de lo que durasen sus habitantes, y decidieron mandar embajadores a los pueblos vecinos con vistas a establecer contactos matrimoniales, pero dándoles a entender, que sería muy bueno para ellos emparentar con los Romanos. Cuando se presentaban los embajadores de Roma a los otros pueblos, les trasmitían lo siguiente."Todas las ciudades nacen de cero, pero se hacen importantes las que cuentan con el apoyo de los dioses y con el valor de sus habitantes. Ya se sabe que los dioses han estado presentes en el origen de Roma. A sus habitantes no ha de faltarles el valor. Por tanto sería un honor para los que quisieran mezclar su sangre con la romana".Ante esta embajada tan soberbia, los pueblos vecinos no quisieron saber nada de matrimonios. Unos expulsaron a los embajadores despreciándolos. Otros los insultaban diciéndoles:- ¿Por qué no abrís también un lugar de asilo para las mujeres? De esa forma os casaríais con personas de vuestra misma condición.

A los Romanos les sentó muy mal esta respuesta y maquinaban alguna estratagema, pues estaba en juego la supervivencia de su ciudad y de su raza.Al poco, decidieron celebrar unos juegos en honor del dios Neptuno Ecuestre, a los que llamaron "Ludi Consuales" (Juegos Consuales). Como es de suponer, invitaron a todos los pueblos de los alrededores, dándoles a entender que iba a ser un espectáculo nunca visto.

De Cenina, Costumeria y Antemnes vinieron muchos. Pero de la Sabinia prácticamente se presentaron todos, con sus mujeres e hijos.

Los visitantes se quedaron boquiabiertos al ver cómo había prosperado tanto una ciudad en tan poco tiempo.Comenzaron los juegos, y cuando todos estaban absortos en el espectáculo, se dio la señal, y los jóvenes romanos se apoderaron cada uno de una mujer sabina, la que tenían más cerca.

Sin embargo reservaron las más guapas para los altos cargos de la ciudad.Los Sabinos se volvieron a su ciudad tristes y cabizbajos, acusando a los Romanos de haber roto el pacto de la hospitalidad.


Mientras tanto los Romanos tenían que convencer a las mujeres de que lo que habían hecho era lo mejor que les podía haber sucedido. En primer lugar, porque la soberbia de sus padres al no querer emparentar con ellos había propiciado este rapto.

Además, que las habían raptado con vistas al matrimonio, de manera que iban a recibir un trato del todo correcto y que habrían de compartir todos los bienes y, sobre todo, los hijos. Por otra parte, ya que no tenían elección, lo que debían hacer era soportar de buena gana lo que habían comenzado por la fuerza.

Los Romanos les harían olvidar en seguida su ciudad y sus seres queridos.Los Romanos se portaron con ellas admirablemente, con un tacto exquisito, pero al mismo tiempo se mostraron apasionados y ardientes, de forma que el corazón de las mujeres fue cambiando poco a poco

Claro que los Sabinos y los otros pueblos no se estuvieron quietos, sino que se prepararon para vengar el ultraje que les habían hecho al no respetar las leyes de la hospitalidad.

Los Romanos fueron venciendo uno a uno a todos los pueblos que habían acompañado a los Sabinos. Éstos eran los que más ofensa habían recibido, y prepararon con más calma su represalia.Contra los Sabinos fue la guerra más importante que tuvieron que mantener los Romanos. Los Sabinos actuaron con astucia y valiéndose de la traición.

A la sazón estaba al frente de la guarnición de la ciudadela romana un tal Spurio Tarpeyo, que tenía una hija llamada Tarpeya.Los asaltantes se pusieron en contacto con ella y lograron que les facilitara la entrada. Una noche, salió Tarpeya como para ir a coger agua, porque la necesitaba para hacer los sacrificios, y de esa forma entraron los Sabinos.Pero allí mismo la mataron cubriéndola con sus escudos. Se cuenta que cuando los Sabinos le preguntaron por el precio de su traición, les pidió lo que tenían en el brazo izquierdo.

Ella se refería a unos brazaletes de oro que solían llevar los Sabinos en dicho brazo. Pero no se dio cuenta de que era el mismo brazo en que llevaban los escudos, y al tirárselos encima, la mataron.

Parece que los Sabinos habían pensado matarla de todas formas, para dar ejemplo de que los traidores no son de fiar en ninguna circunstancia.

Sea como fuere, los Sabinos habían ocupado la ciudadela, y en un primer ataque habían puesto en fuga a los Romanos, a cuyo frente estaba Hostius Hostilius. En una segunda fila estaba el mismo Rómulo junto a la puerta del Palatino.

Allí reunió a los que huían, e invocó a Júpiter levantando las manos al cielo:- "¡Oh, Júpiter! Yo puse bajo tu protección esta ciudad. Ya ves que los Sabinos ocupan la ciudadela y vienen contra nosotros. ¡Sálvanos de ellos! ¡Quita el temor de los corazones de nuestras tropas! Aquí mismo, donde nos hemos hecho fuertes y con tu ayuda pararemos al enemigo, te prometo que levantaré en tu honor un templo bajo la advocación de "Iuppiter Stator".Se volvió a los Romanos, y les dijo:¡Romanos! Júpiter nos ha escuchado y nos manda resistir y salir a luchar.

El nombre de Júpiter Stator viene de que, en Latín, el verbo "stare" significa "pararse", "resistir de pie", y tiene la misma raíz que la palabra inglesa "stop". En este lugar se dio el encuentro de los que bajaban de la ciudadela con las tropas de Rómulo. Parecía que la batalla se inclinaba del lado de los Romanos.En ese momento hicieron su aparición las Sabinas, por cuyo rapto se había originado la guerra.

Se presentaron con los cabellos revueltos, con las ropas rotas, en medio de la batalla sin temer las flechas que volaban en su derredor. -"¿Qué estáis haciendo? ¿Queréis que nos quedemos sin padres y sin maridos el mismo día? ¿Queréis que nuestros hijos vivan sin padres ni abuelos? Porque nuestros hijos son hijos de Romanos, pero nietos de Sabinos. Si os avergonzáis de que nos hayamos casado con los Romanos, nosotras somos las culpables. Matadnos, porque preferimos morir a quedarnos viudas y huérfanas al mismo tiempo.

"Se hizo un repentino silencio, porque el discurso de las mujeres les había convencido. Hicieron alianzas y se hermanaron los dos pueblos, con dos reyes: el romano, Rómulo, y el sabino, Tito Tacio. Pero la sede del gobierno iba a ser Roma. Se dividió la población en 30 curias a las que dieron el nombre de las mujeres sabinas que habían parado la guerra.
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Mensaje por alegre » Lun 03 Abr, 2006 17:38

:D Y por si alguna de las personas que lo han leido pensaran que es cosa del pasado, rescato esta carta encontrada en una botella-web de este proceloso " mare totus internetum"...
Eskpe/Humor
03 de Febrero

El rapto de las shakiras

Dice la leyenda que Rómulo, fundador de Roma, invitó a la vecina tribu de los sabinos a una fiesta campestre y, cuando se hallaban en pleno sarao, sus soldados entraron a saco, arrastraron del pelo a las mujeres y las violaron sin misericordia.

Este episodio, que se conoce como “el rapto de las sabinas”, ofrece pálidas semejanzas con lo ocurre hoy por hoy a los colombianos con los argentinos.

Mediante artes que –en justicia-- excluyen el mechonazo y la violación, numerosos argentinos se están llevando a nuestras mujeres. Y, lo más ofensivo, atacan solo a estrellas de la farándula y consuman su infamia con la dichosa aquiescencia de ellas.

La historia empezó hace años. David Stivel, de quien fui amigo porque ignoraba su condición de Rómulo argentino, fue el primero que enredó a varias rutilantes hembras colombianas.

Lo sucedieron Les Luthiers, que, no contentos con arrasar las taquillas, arrasaron también con nuestras novias. Tras un leve respiro para tomar impulso, en los últimos años los argentinos han vuelto a la carga. Uno se atrevió a seducir a nuestra Shakira, cuyos padres y yo habíamos educado para que contrajera católico matrimonio con varón colombiano.

De allí en adelante la lista se torna cada vez más insultante; han caído o cayeron temporalmente en las toscas garras del gaucho la Mencha, Angie Cepeda, Manuela González, Genoveva Caro, la Gurisatti y Carolina Gómez. La última noticia es que uno de los símbolos nacionales, la incomparable Betty la Fea, casó con individuo porteño. ¿Cómo nos tratas así, Ana María?

El balance es desolador. Varias de nuestras mejores muchachas comparten techo, lecho y pan con descendientes de los comechingones y los barcos.

Y, como estas cosas crean escuela, son miles las sardinas colombianas que sueñan con conseguir implantes pectorales y galán argentino o, por lo menos, Wonderbra y contabilista uruguayo. Yo me pregunto: ¿qué las atrae? ¿Será el uso del vos (que aquí ya es lengua oficial en el gabinete de ministros)? ¿Las greñas (algunos, como el novio de Shakira, tienen tan abundante pelo que se hacen cola de caballo en las cejas)? ¿La sonrisa de gato de porcelana, como en el tango? En tiempos mejores, Argentina nos enviaba su fútbol y nos dejaba quietas a las mujeres. Hoy se lleva ambos: nuestro fútbol y nuestras mujeres.

En el caso de los futbolistas, pueden contar con nuestra fraterna ayuda. Pero el éxodo femenino hacia Buenos Aires se está volviendo un problema nacional.

Estas no son veleidades del amor. Aquí hay un propósito de vindicta que quizás se remonta a la muerte de Gardel o a nuestra vergonzosa conducta en la guerra de Las Malvinas.

Vamos a ver. ¿Por qué no se llevan las feas?

Ahora mismo podía presentarles muchísimas.

¿Por qué no las fracasadas o frustradas? ¿Por qué no las que viven en la oscuridad o el anonimato? ¿Por qué no las mayores de 60 años?

Nada de eso. Tienen que ser jóvenes, bonitas, exitosas y célebres.

Percibo afán de humillarnos. Y lo están logrando. Nunca oculté mi cariño por los argentinos. Tengo entre ellos grandes amigos. Admiro su comida, su humor, su literatura, su fútbol.

¿Por qué carajos, pues, me hacen esto?

El resultado es que he llegado a desarrollar una patológica desconfianza hacia ellos. Hace poco, en Cartagena, compartimos aposentos mi suegra, mi mujer y yo con el Negro Fontanarrosa y su adorable cónyuge. ¿Pueden creer que me entró el temor de que ese sujeto de ojos hundidos, cráneo casi yermo y actitud desgreñada pudiera llevarse a mi mujer?
Acabé prohibiéndole a ella que le dirigiera la palabra y, por si acaso, despaché a mi suegra a Bogotá.
Necesitamos una solución. La que sea. Por cada colombiana que importen, que nos indemnicen los argentinos con carne y vino.

O incluimos a las señoras en el TLC para que al menos paguen arancel.

Aunque quizás lo mejor sea firmar un acuerdo por el que se lleven nuestras mujeres, pero sin opción de devolverlas antes de 30 años.

Porque lo más infamante de esta situación es que, pasados seis meses y agotado el romance, a muchas de nuestras sabinas les entra la irremediable añoranza del noble macho colombiano. Y entonces regresan con la maña de tomar mate, pronunciar la “ll” como “sh” y exclamar cosas como “¡no sabés qué quilombo se armó!”
Quilombo es el que le vamos a armar el día que le dé un ataque de patria a Uribe y decida prohibir la entrada de todo argentino mayor de 8 años y la emigración de toda colombiana menor de 88.

Sepan, artificiosos seductores, que mientras ustedes se relajan en la cama con nuestras paisanas, ¡la Colombia varonil está en pie indignada! Como los sabinos.

Por: Daniel Samper Pizano
Un saludo

PD Confio que Don Alonso sepa disculparme el anacronismo historico...

pero ya se sabe: así se escribe la historia.
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Mensaje por Alonso_Quijano » Lun 03 Abr, 2006 23:43

el_rey_de_las_cartas escribió:Recupero este hilo, porque es una lástima que quede en el olvido, además aún tengo pendiente la lectura del mega-post de Alonso de la Revolución Francesa. Grande Alonso
Gracias por recordarlo! :D Además, tenía pendiente un último mensaje sobre la Revolución Francesa y el Terror Blanco... a ver si saco un ratito para terminarlo :wink:.
Confio que Don Alonso sepa disculparme el anacronismo historico...
:mrgreen: Pofavó Alegre, faltaría más! :D Si tú me lo permites pongo la referencia al texto (más extenso que el tuyo) sobre el «rapto de las Sabinas»: la Historia de Roma de Tito Livio. Que quede claro que se trata de una leyenda. Para darle un poco de chicha a este mensaje descafeinado que estoy escribiendo, os pongo un cuadrito muy bueno de Poussin.

Imagen
El rapto de las sabinas
Óleo sobre lienzo (1,55 x 2,10 m), h.1633-1634
The Metropolitan Museum of Art, Nueva York (EE.UU.)

- Tito Livio. Historia de Roma desde su fundación. Editorial Gredos, pp. 22-26.

Anotada la fuente madre, otros libritos, de los de andar por casa, donde aparece es en «La República Romana» de Asimov (pags. 21 y 22), y en el de Montanelli. Estos dos escritores simplemente resumen (es fiel al texto) lo que escribió el historiador romano (Padua 64 ó 59 a.C. - Roma 17).

Saludos.

P.S. Ah! Alegre, podrías, por favor, poner la fuente del texto que has puesto sobre «el rapto...»? Quizás ha sido de este enlace sobre la Roma Antigua...
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Mensaje por alegre » Mar 04 Abr, 2006 08:31

:D

En el corta-pega previo al posteo me dejé de copiar la pagina , que luego por premura no volví a buscar.

Como ya se sabe que todo escriba echa un borrón no le dí mayor importancia.

Pero ahora al citar tú la posibilidad de que fuera la página que indicas, me ha resultado semejante pero no identica... así que la he localizado y es esta...

http://users.servicios.retecal.es/jomic ... spanol.htm

Me queda la duda de si forma parte del mismo trabajo...

Un saludo
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Mensaje por Alonso_Quijano » Vie 14 Abr, 2006 22:01

En el corta-pega previo al posteo me dejé de copiar la pagina , que luego por premura no volví a buscar. Como ya se sabe que todo escriba echa un borrón no le dí mayor importancia.
Gracias por buscar la página, Alegre :D Es que pensé que si se ponía de dónde había salido el texto, quien estuviera interesado en leerlo y comprobar el origen lo tendría más sencillo; sobre todo cuando se han puesto los datos de Tito Livio.

Las dos páginas, la que has puesto y la que creí que podría ser, están bastante bien. Queden así en el hilo para las lecturas que cada uno quiera darles :wink:

Un saludo.
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Mensaje por kimkiduk » Vie 21 Jul, 2006 19:59

Refloto el hilo, en este caso para pedir referencias bibliográficas de confianza, en todo lo referente a:

1.La Historia de África. Me interesa en especial bibliografía sobre lo acaecido en el África Subsahariana desde el año 0 hasta la época del esclavismo. Busco libros de síntesis o especializados, en castellano y francés, el inglés no es lo mio.

2.Historia de Japón desde sus inicios hasta el siglo XIX.

3.Historia de China desde sus inicios hasta principios del XX.

4.Conflicto de los últimos años en los balcanes, que haga un repaso serio a su Historia pasada.


De momento me interesan estos cuatro puntos. Estaría genial que me recomendaseis libros que ya hayais leido, me da igual el modelo historiográfico que sigan, sólo pido que sean rigurosos y de vuestra confianza (Cesar Vidales y Paulprestonianos de ultimos años no :wink: ) También pido que sean en lo posible visiones que se centren en la historia de esos territorios y no en la Historia de los europeos en aquellos territorios (ya sabeis a qué me refiero).

De antemano, muchas gracias a tod@s por colaborar.

PD: No es para ningún trabajo en concreto, es sólo por rellenar algunas lagunas que tengo y por algún sitio hay que empezar...
PD II: También me gustaría leer algo de Historia Radical norteamericana, ¿me recomendais algún libro?

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Mensaje por Alonso_Quijano » Lun 24 Jul, 2006 16:48

kimkiduk escribió:1.La Historia de África. Me interesa en especial bibliografía sobre lo acaecido en el África Subsahariana desde el año 0 hasta la época del esclavismo. Busco libros de síntesis o especializados, en castellano y francés, el inglés no es lo mio.
ILIFFE, John. África, historia de un continente. Cambridge. Madrid, 1998

DJIAIT, H.:Historia General de Africa, Vol. I. Tecnos-Unesco, Madrid, 1982.

BERTAUX, Pierre: Africa. Madrid, Siglo XXI, 1980.

LÓPEZ, J. C.: Historia contemporánea de África. Mundo Negro. Madrid, 1995.

COQUERY-VIDROVITH Y MONIOT, H.: África negra de 1800 a nuestros días. Labor (Col. Nueva Clío). 1976.

KI-ZERBO, J.: Historia del África Negra. Alianza. Madrid, 1980.

OLIVER, R. Y ATMORE, A.: África desde 1800. Alianza. Madrid, 1997.

VV.AA. Historia Universal Siglo XXI. Vol. 32: Bertaux, Pierre. África. Desde la Prehistoria hasta los Estados actuales.

BERNAL, M. Atenea Negra. Crítica, Barcelona, 1993.

INIESTA, F. Kuma. Hª de l'Àfrica negra. Bellaterra, Barcelona, 1998.
- El planeta negro. Aproximación histórica a las culturas africanas. Madrid, 1992.

NUGENT-ASIWAJU (ed.) Fronteras africanas. Bellaterra, Barcelona, 1998.

GÓMEZ-TABANERA, J-M.: "Las culturas africanas" . H.ª del Viejo Mundo, nº 14, Historia 16, Madrid, 1988.

Y léete éste enlace, porque tiene un apartado relativo al África subsahariana dodne hablan de varios libros en francés.
kimkiduk escribió:4.Conflicto de los últimos años en los balcanes, que haga un repaso serio a su Historia pasada.
MAZOWER, Mark. Los balcanes. Mondadori. Barcelona, 2001.

AGUIRRE ARÁNBURU, X.: Yugoslavia y los ejércitos. Los Libros de la Catarata. Madrid, 1997.

DIEGO, E. DE: La desintegración de Yugoslavia. Actas. Madrid, 1993.

DRNOVSEK, D.: El laberinto de los Balcanes. Ediciones B. Barcelona, 1999

FERÓN, B.: Yugoslavia, orígenes de un conflicto. Salvat. Madrid, 1995.

MARTÍN DE LA GUARDIA, R. M. Y PÉREZ SÁNCHEZ, G. A.: La Europa Balcánica. Yugoslavia desde la Segunda Guerra Mundial a nuestros días. Síntesis. Madrid, 1997.

TAIBO, C. Y LECHADO, J. C.: Los conflictos yugoslavos. Una introducción. Fundamentos. Madrid, 1994.

TERTSCH, H.: La venganza de la Historia. Edición corregida y aumentada del libro para entender el conflicto de los Balcanes. El País-Aguilar. Madrid, 1999

VEIGA, F.: La trampa balcánica. Una crisis europea de fin de siglo. Grijalbo. Barcelona, 1995.
kimkiduk escribió:2.Historia de Japón desde sus inicios hasta el siglo XIX.
HANE, Mikiso. Breve historia de Japón. Alianza editorial. Madrid, 2003.

KAIBARA, Yukio. Historia del Japón. Fondo de Cultura Económica (F.C.E). México, 2000.

Yo he leído el de Mikiso Hane. No soy un experto, pero me ha parecido que está bastante bien, y creo que cumple bien su función. Más de la mitad del libro está dedicado a los s. XIX y XX, pero para el periodo anterior creo que es suficiente. Habla de las eras Yamayo y heiana, del periodo samurái y el shogunato Ashikaga, el gobierno Tokugawa, el régimen Meiji... y de ahí hasta la actualidad. Toca no solo aspectos estrictamente históricos, sino también relativos a la cultura, arte, sociedad y religión.

Me hubiera gustado tener también el de FCE, más que nada porque me fío bastante de la editorial, y he oído que el libro también está bastante bien.
kimkiduk escribió:3.Historia de China desde sus inicios hasta principios del XX.
CEINOS, Pedro. Historia breve de China. Sílex ediciones. Madrid, 2006.

SCHMIDT-GLINTZER, Helwig. Antigua China. Acento editorial, colección Flashback. Madrid, 2001.

GERNET, Jean. El mundo chino. Editorial Crítica. Barcelona, 2005.

Leí el de Schmidt-Glintzer, que es cortito, barato y el autor me daba sensación de seguridad (profesor de lingüística y cultura de Asia oriental en Múnich). Sin embargo, por claros motivos económicos, me quedó la espinita de comprarme el de la editorial crítica, del que me consta que es un muy buen libro.
***
Como bibliografía general, pásate por aquí, porque muchos de los libros que he puesto han salido de ahí.

No puedo ayudarte en más... Espero que los entendidos en historia se pasen y dejen su crítica. Eso sí, en general, para lo de los Balcanes y África, quizás te pueda hacer papel cualquiera de los libros sobre historia que se recomiendan en la Facultad, como esos de editorial Ariel... o incluso el de Historia del s. XX de Hobsbawm, aunque solo limitado al siglo anterior.

Saludos.
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Mensaje por KilgoreTrout » Lun 24 Jul, 2006 17:12

Aunque no conozco en profundidad ninguna de las materias sobre las que se interesa kimkiduk, quería hacer una nota, en relación a Yugoslavia, a la muy interesante bibliografía de Alonso. Lo primero: hay varios libros de Carlos Taibo sobre el tema, todos ellos muy recomendables, y que se extienden a toda la Europa del Este:

Los cambios en el Este : una guía introductoria / Carlos Taibo
Madrid : Ediciones de la Universidad Autonoma de Madrid, D.L. 1994

Crisis y cambio en la Europa del Este / Carlos Taibo
Madrid : Alianza, 1995

La desintegración de Yugoslavia / Carlos Taibo
Madrid : Catarata, D.L. 2000

En el nuevo desorden : capitalismo, conflictos e injerencia en la Europa central y oriental / Carlos Taibo
Madrid : Editorial Popular, D.L.2001

Ni OTAN ni Milosevic : el balance de la izquierda después de Kosova / Carlos Taibo
Madrid : Los libros de la Catarata, 2000

Para entender el conflicto de Kosovo / Carlos Taibo
Madrid : Los libros de la catarata, 1999

La transición política en Europa del Este / Carmen González Enríquez, Carlos Taibo Arias
Madrid : Centro de Estudios Constitucionales, 1996

Veinte preguntas sobre los conflictos yugoslavos / Carlos Taibo
Barcelona : Cristianisme i Justícia, D.L. 1994

Lo segundo: menos recomendable es Hermann Tertsch, quien es declaradamente antiserbio. Por último una anécdota: Emilio de Diego fue profesor mío hace algunos años y era un coñazo, tanto dando clase como escribiendo. Eso sí, es bastante riguroso, así que te puedes fiar. Espero haber ayudado en algo.

Saludos.

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