
Los montañeses, con el apoyo de los sans-culottes habían triunfado sobre los girondinos, dando lugar a la nueva Convención, controlada por la Montaña (2 junio 1893 hasta 27 julio 1794). Sin los girondinos en la Asamblea, los montañeses, apoyados en gran parte por La Llanura, practicaron una política de acercamiento a aquella parte del pueblo más radicalizada, que estaba representada por los sans-culottes, a los que, al fin y al cabo, debían su triunfo. Sin embargo, no dejaba de existir una fuerte oposición, formada no solamente por los girondinos, sino por los realistas que seguían luchando a favor de la Monarquía
Las primeras medidas iban dirigidas a satisfacer las reivindicaciones principales de los campesinos; y, además, se dictó la ley que terminó de abolir el feudalismo, mediante la destrucción de las escrituras de los títulos de propiedad. Y, como cima del proceso, se elaboró una nueva Constitución, la Constitución francesa de 24 de junio de 1793 (proclamada el 10 de agosto del mismo año, día del aniversariod e la caída de la Monarquía), que suponía un avance respecto a la Constitución monárquica de 1791. La nueva Constitución contenía dos partes nítidamente diferenciadas: una Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano (creada el 23 de junio de 1793), entre los que se reconocían los derechos de igualdad, seguridad, libertad, propiedad, la ley como expresión de la voluntad general, igual acceso a los cargo públicos, libertad de expresión, principio de legalidad, etc.; y una segunda parte, bajo el nombre de «acta constitucional», en que se exponían los caracteres orgánicos y de funcionamiento (la República como una e indivisible, la soberanía del pueblo, las asambleas primarias, el cuerpo legislativo, el consejo ejecutivo, la justicia civil, etc.). Sin embargo, esta constitución no entró en vigor, quedando aplazada «hasta que se alcance la paz».
Los proletarios exigían resultados tangibles; y así, el primer desafío popular se produjo cuando una delegación de la Comuna acudió a la Convención: Jacques Roux, que formaba parte de la misma, criticó severamente el propósito de los diputados de preservar la unidad nacional mediante una política de compromiso y moderación. Al día siguiente se produjo una revuelta popular en los mercados parisinos contra la subida de precios de artículos de primera necesidad, lo cual convenció a los diputados de la imposibilidad de controlar a los sans-culottes mientras Roux estuviera en libertad, con sus seguidores, los «enragés». Uno de los periódicos más «populares» del momento era L’ami du peuple, dirigido por Marat; y fue él mismo quien publicó un artículo atacando violentamente a Roux. Robespierre denunció a Roux como «enemigo» y logró que la Convención ordenara una investigación sobre sus actividades (Roux acabó suicidándose en la cárcel algún tiempo después).
Los girondinos habían caído del poder. Esto motivó una nueva guerra civil, provocada por la rebelión federalista de las provincias contra el centralismo de París, que se organizó creando comités y tribunales de excepción para juzgar a los jacobinos, cerraron sus clubs e intentaron atraerse a las tropas (tal rebelión federalista quedó implantada en Lyon, Marsella, Burdeos y Tolón). Fue en este contexto cuando Charlotte Corday, una joven realista (que era contrarrevolucionario), asesinó a Marat, lo que provocó una gran conmoción, y agitó aún más a los jacobinos y a los sans-culottes. Los jacobinos, apoyados en la fuerza de los sans-culottes, los acontecimientos de la guerra exterior, la violencia interna y el asesinato de Marat, fueron las guías que condujeron a la Convención a otorgar poderes especiales a los «Comités», como el Comité de Salvación Pública, dirigido por Robespierre (e integrado por algunos hebertistas), que en la práctica gobernaron Francia de forma dictatorial. Con esto llega la etapa del Terror.
Dice Hobsbawm que «cuando los profanos cultos piensan en la Revolución francesa, son los acontecimientos de 1789 y especialmente la República jacobina del año II los que acuden en seguida a su mente. El almidonado Robespierre, el gigantesco y mujeriego Danton, la fría elegancia revolucionaria de Saint-Just, el tosco Marat, el Comité de Salud Pública, el tribunal revolucionario y la guillotina son imágenes que aparecen con mayor claridad, mientras los nombres de los revolucionarios moderados que figuraron entre Mirabeau y Lafayette en 1789 y los jefes jacobinos de 1793 parecen haberse borrado de la memoria de todos, menos de los historiadores. Los girondinos son recordados solo como grupo, y quizá por las mujeres románticas pero políticamente irrelevantes unidas a ellos: madame Roland o Charlotte Corday». El historiador pone de relieve el desconocimiento del asunto, y critica la visión incompleta que la gente culta, pero no experta, tiene de los acontecimientos de la república jacobina, y del escenario político-social en el que se desenvolvió. Dice así que «para la sólida clase media francesa que permaneció tras el Terror, éste no fue algo patológico o apocalíptico, sino el único método eficaz para conservar el país. Esto lo logró, en efecto, la República jacobina a costa de un esfuerzo sobrehumano». Como decía ciruja, y recoge también Hobsbawm, «en junio de 1793, 60 de los 80 departamentos de Francia estaban sublevados contra París; los ejércitos de los príncipes alemanes invadían Francia por el norte y por el este; los ingleses la atacaban por el sur y por el oeste; el país estaba desamparado y en quiebra. Catorce meses más tarde, toda Francia estaba firmemente gobernada, los invasores habían sido rechazados [hay que recordar la leva masiva que fue determinante en la victoria militar y en el fortalecimiento de la revolución; este paréntesis es mío] y, por añadidura, los ejércitos franceses ocupaban Bélgica y estaban a punto de iniciar una etapa de 20 años de ininterrumpidos triunfos militares (…)No es de extrañar que Jeanbon St.-André, jacobino miembro del Comité de Salud Pública y más tarde, a pesar de su firme republicanismo, uno de los mejores prefectos de Napoleón, mirase con desprecio a la Francia imperial que se bamboleaba por las derrotas de 1812-1813. La República del año II había superado crisis peores con muchos menos recursos. Para tales hombres, como para la mayoría de la Convención Nacional, que en el fondo mantuvo el control durante aquel heroico periodo, el dilema era sencillo: o el Terror con todos sus defectos desde el punto de vista de la clase media, o la destrucción de la revolución, la desintegración del Estado nacional y, probablemente, la desaparición del país».
En la página antehistoria se dice que «El Terror estaba dirigido contra los enemigos de la Revolución y se aplicaba mediante la sustracción del acusado del curso normal de la justicia para ser sometido a un Tribunal revolucionario que aplicaba unos procedimientos y unas penas fijadas por la Convención. Pero el Terror no era simplemente una forma de aplicación de la justicia revolucionaria, era también una forma de gobierno omnipresente mediante el cual la dictadura revolucionaria dejaba llegar su mano de hierro a cualquier rincón del país, a través de los representantes en misión, delegados por el Comité de Salud Pública y la Convención. Ahora bien, el Terror como tal, es anterior a la dictadura del año II de la República, pues se manifestó desde los mismos comienzos de la Revolución ligado a la idea de que ésta estaba amenazada por un complot aristocrático al que sólo las medidas de carácter extremo podían poner fin. Lo que ocurre es que ahora, a partir de septiembre de 1793, se presenta como un sistema represivo institucionalizado. Hubo muchas víctimas del Terror, e incluso la guillotina, aquel maléfico instrumento que pronto se convirtió para siempre en el símbolo de la violencia revolucionaria, no fue suficiente y se recurrió a los fusilamientos y hasta a los ahogamientos colectivos en el Loira»
En septiembre de 1793 se aprobó una amplia ley represiva dirigida contra los «sospechosos», y seguidamente una ley que establecía una serie de disposiciones contra el acaparamiento. Fueron medidas como éstas las que sostuvieron el régimen del Terror montañés. La amenaza de la guerra hizo que la defensa nacional se fundiera con el avance social de los sans-culottes que, al mismo tiempo, tenían que defender su abastecimiento mediante la violencia contra los especuladores, los acaparadores de víveres y los desaprensivos capaces de traicionar a la República en aras de su interés militar. Así fue como la victoria militar, la satisfacción de las necesidades populares y la represión se mostraban como tres aspectos de un mismo objetivo. Fue entonces cuando la máquina recomendada por Joseph Ignace Guillotin tuvo su terrible uso. Por ella, por la guillotina, pasaron no solo Maria Antonieta y muchos ex-nobles, sino también madame Roland y otras defensores de los derechos de la mujer, varios dirigentes girondinos y otros tantos clérigos; a ello se le había de sumar las víctima de las ejecuciones sumarias y las matanzas y represalias. En Nantes, el representantes del gobierno permitió ejecuciones sin juicio previo, mediante el procedimiento de introducir a las víctimas en una barcaza y hundirla en el Loira.
La Convención decidiría que el gobierno de Francia sería confiado excepcionalmente, hasta que terminase la guerra, a dos de sus comités: el Comité de Salud Pública y el Comité de Seguridad General. El primero, cuando se produjo la expulsión de los girondinos, sufrió una nueva transformación y se convirtió en lo que se iba a llamar el Gran Comité, compuesto por doce miembros, cuyas tendencias estaban lejos de ser unánimes. Había moderados, una izquierda formada por Robespierre, Saint Just y Couthon que tomaría la dirección del país, y extremistas partidarios de reformas sociales radicales. El segundo tenía a su cargo la policía política. Estos dos Comités constituían una especie de gobierno parlamentario que comenzó a dirigir los asuntos de Francia de forma dictatorial gracias a la confianza de la que gozaban por parte de la Asamblea. La política que practicaron estos hombres está vinculada al Terror, como medio de salvar al país de los peligros que lo amenazaban en el interior y en el exterior.




