Mensaje
por Carlos* » Mié 13 Dic, 2006 18:10
Si se me permite, quisiera señalar algo. No sé si tengo mucho derecho, porque soy nuevo aquí y no aporto prácticamente nada, pero con vuestra amabilidad, y sin ánimo de molestar a nadie…
Obviamente, hay un peligro en el ‘todo vale’. Pero también hay otro peligro en el elitismo, porque a mi parecer hay que estar muy desarrollado interiormente para no caer en su particular ‘pendiente resbaladiza’: una hecha de esnobismo, soberbia y, si puedo decirlo, estupidez refinada. La gente que disfruta del Gran Arte suele considerarse a sí misma evolutivamente superior al resto de la humanidad, pero esa superioridad debe quedar restringida a un ámbito metafísico, porque en general a la hora de vivir su vida diaria no se ve que el Gran Arte haya hecho de ellos mejores personas, o gente más sabia y equilibrada. Es más, su concepción del mundo, me parece a mí, suele ser tan arbitraria como la de los demás (por ejemplo, suelen burlarse de los absurdos del cristianismo pero se sitúan en un humanismo cuyo fundamento es el propio cristianismo). ¿Y por qué habrían de ser preferibles unas arbitrariedades a otras?
Todos los seres humanos, sin excepción, persiguen lo mismo: la seguridad psicológica y el placer (en un sentido amplio). ¿Pero, a fin de cuentas, acaso se trata de que hay, como decía John Stuart Mill, unos placeres superiores a otros? Mill señalaba que los placeres del intelecto eran lo mejor a lo que podía aspirar la humanidad. Sin embargo, ¿cómo saberlo, si abandonamos el ‘lo que me gusta a mí es lo mejor por definición’? Incluso podríamos decir que la mera noción de que un placer A es superior (no mayor en intensidad, sino cualitativamente superior) a un placer B es un auténtico disparate. El cerebro construye todos los placeres con los mismos materiales.
No obstante, no todas las manifestaciones humanas, incluyendo al Arte, nos llevan al mismo lugar, ni lo pretenden. Ni todas las manifestaciones cinematográficas tendrían por qué ser arte para contener un valor. Decía Calderón que ‘las cosas son del color del cristal con que se miran’. Esto, a mi parecer, es algo que muchos cinéfilos obvian en demasiadas ocasiones. Según sea la mente de uno, extraerá una cosa u otra de una película. En mi opinión, debería verse al cine como un ‘fenómeno integral’, con múltiples niveles, y no caer en un equivalente del pensamiento cristiano que santifica el espíritu y desprecia la carne.
Todo esto viene a lo siguiente: ¿por qué y para qué cerrarse puertas a uno mismo?